DE BOLSÓN CERRADO A LA BARONÍA DE GILEAD

Aquellos que me conocen un poco no se van a sorprender si digo que cuando tenía aproximadamente quince años intenté escribir El señor de los anillos.

Lo que quizá pueda sonar raro a los lectores más jóvenes es que en aquel momento, allá por 1980, la obra de Tolkien era casi la única novela de fantasía épica disponible para el lector español. De hecho, el tercer volumen acababa de aparecer y los apéndices aún tardarían varios años en publicarse. Eso puede parecer pintoresco hoy en día, donde casi hay que ir abriéndose paso a machetazos entre la densa espesura repleta de sagas y más sagas y más sagas de volúmenes incontables de páginas casi infinitas.

A principios de los ochenta teníamos El señor de los Anillos, y quizá Terramar. Y dentro de las espadas y brujería pulp, las viejas ediciones de Bruguera de Conan. Y poco más. Luego llegó la Dragonlance, y las colecciones Fantasy y GranFantasy de Martínez Roca y un montón de cosas más, pero eso estaba aún en el futuro.

No sé si seré capaz de hacer comprender a otros lo que sentí cuando me acerqué por primera vez a la obra de Tolkien. Por una parte, como he dicho, era casi lo único que había de aquel género en España. En cuanto al resto del ancho mundo algo más se podía encontrar: espadas y brujería pulp, sobre todo, además del Terramar de Le Guin y de las bazofias ramplonas de Moorcok autoplagiándose múltiples veces con sus diferentes avatares del puñetero campeón eterno. Y poco más.

Por la otra, empecé a leer sin tener la menor idea de qué narices era aquello. Con deciros que, por algún motivo extraño, se me había metido en la cabeza que era una especie de space opera, os podréis hacer una idea de lo bien informado que estaba yo.

Fue amor a primera vista. Como lo sería tres años después Cien años de soledad, de la que solo sabía que el tipo que la había escrito acababa de ganar el Nobel de Literatura. Pero esa es otra historia que no tengo la menor idea de si será contada en otra ocasión. Quizá ya ha sido contada en otra ocasión, de hecho. No me sorprendería.

Amor a primera vista, digo. Me enamoré de la Tierra Media. Caí rendido a los pies de ese mundo descrito con una minuciosidad tan plausible que parecía más real que este. Pasé angustia con Frodo huyendo de los Jinetes Negros, fui tentado por el Anillo junto a Boromir, lloré cuando Gandalf cayó en el puente de Khazad-dûm, me enamoré de Eowyn y maldije al tonto de Aragorn por preferir la doncellita elfa en lugar de aquella chavala con dos narices que se negaba a languidecer en silencio y morir en la oscuridad —¡y que mataba al puñetero Rey Brujo, coño!—, grité de pura sorpresa y alivio cuando de pronto Gollum daba un traspiés al borde del abismo y era el puro azar, un simple paso mal dado, el que acababa destruyendo el Anillo y salvando a los buenos cuando todo estaba perdido y la noche no podía ser más oscura.

¿Qué decía Marco Aurelio? (No, no lo he leído, pero he visto El silencio de los corderos, como todo el mundo): «Simplicidad. Primeros principios. Empezamos por desear aquello que vemos, que tenemos cerca». Antes de crear, imitamos lo que amamos. Somos primates, así es como aprendemos.

Así que, como decía más arriba, decidí escribir El señor de los anillos. Pasé unos tres años embarcado en la tarea. Durante ese tiempo creé un idioma con su correspondiente alfabeto, dibujé varios mapas, escribí una cronología y pergeñé varias leyendas (en verso y en prosa) sobre el pasado del mundo, además de trabajar en la novela principal.

Justo encima de estas palabras tenéis una versión digital que realicé hace algunos años del mapa puramente artesanal (que todavía existe por alguna parte, creo) que dibujé en su día. Como veis, el parecido con Europa es más que evidente. Una Europa a la que, por cierto, se le ha extirpado España; a saber lo que Freud deduciría de eso, pero como siempre he pensado que Freud era un magufo de cuidado que proyectaba sus propios fantasmas sobre el mundo y confundía lo personal con lo universal, tampoco me preocupa demasiado.

Volviendo al mapa, no es que me lo currase mucho con los nombres. Aparte de traslaciones evidentes como «Sémiter» , «Dostani» o «Moscovia» estaba la originalidad impresionante de llamar el Reino a un reino. ¡Con dos cojones, Maripuri!

Algunos de los que están leyendo esto quizá encuentren algún parecido con el primer mapa que creé para El adepto de la reina. Y no, no andan muy desencaminados. De hecho, hubo un nombre que acabó pasando a ese mundo: Wáhranger. La diferencia es que, mientras que aquí ese es el nombre del país y «wáhrang», el del gentilicio, en El adepto de la reina invertí la relación de los términos.

Pero volvamos a ese intento de escribir El señor de los anillos.

Todo eso acabó en la papelera cuando tenía dieciocho años. Lo mejor que se puede decir de las cuatrocientas páginas manuscritas en A4 que tenía en aquel momento es que resultaba voluntarioso. Por lo demás, era el trabajo imitativo y servil de un adolescente con cierta facilidad para narrar pero que no era precisamente un genio de las letras. Ni lo es hoy tampoco, ya que estamos. Pero ya sabéis, esa es otra historia que no sé si será contada…

Ahí aprendí mi primera lección. Si intentaba escribir de nuevo El señor de los anillos estaba condenado a fracasar. Ya lo había hecho Tolkien antes que yo. Y lo había hecho mucho mejor de lo que yo podía hacerlo.

Eso debería haberme llevado a la segunda lección, pero no lo hizo. Al menos no inmediatamente.

Demos un salto. Estábamos en 1983, con dieciocho años; vamos a 1989, con veinticuatro.

En ese momento llevaba escritas unas seis o siete novelas y poco más de una treintena de relatos de diversa extensión. Las primeras quedaron inéditas y desaparecieron con el tiempo. Algunas intenté enviarlas a editoriales —editoriales generalistas, que por aquel entonces apenas había editores de CF en nuestro país; y que publicasen españoles, ya ni os cuento—, con la respuesta habitual (silencio clamoroso o breve carta explicando que lo enviado no encajaba en la línea editorial). Los relatos estaban empezando a publicarse por aquí y por allá en diversos fanzines de ciencia ficción de la época.

En ese momento cayó en mis manos una novela de Stephen King titulada La Torre Oscura. El pistolero, que tenía uno de los mejores inicios que jamás he leído: «El hombre de negro recorría el desierto, y el pistolero iba en pos de él.»

No era lo primero que leía de King. Unos años antes había caído por casualidad en mis manos Cujo, que aunque no me pareció gran cosa y no me hizo buscar más novelas suyas, sí que me pareció que estaba muy bien escrita y que el tipo aquel sabía narrar muy bien.

Luego mi amigo Javier Cuevas insistió en que leyese un tocho llamado It.

Le hice caso y me tiré una noche en vela entera, hasta que acabe la maldita novela. Simplemente, no podía dejarla. Me fascinaba, no solo la historia y los personajes, sino el maravilloso montaje temporal a base de flashbacks, con el pasado haciendo eco en el presente y viceversa. A partir de ahí estuve perdido y le siguieron en rápida sucesión El resplandor, Carrie, Cementerio de animales

Pero aquella primera novela de la Torre Oscura era otra cosa. Jugaba en otra liga. Era un maldito western con una clarísima influencia de Sergio Leone, pero también era un mundo de fantasía, donde los pistoleros vivían en castillos y hacían el papel de los caballeros andantes medievales o los Jedi de la Antigua República. Y había mutantes. Y oráculos. Y gente que viajaba de nuestro mundo al del Pistolero. Y viejas máquinas. Y el mundo se había movido. Era, básicamente, un batiburrillo feliz e increíble de todo lo que le molaba al autor.

Aquella fue la segunda lección. Que conocía instintivamente, pero que King hizo explícita: ceñirse a un solo género es de estúpidos. Si te gustan a la vez el western, el thriller de espías y el space opera, mézclalos. Y si parecen imposibles de mezclar, mejor todavía: te lo vas a pasar de miedo intentando hacer que casen. Quizá la novela que salga de eso sea basura, pero habrá sido la basura más entretenida de escribir de toda tu vida. Y para el tipo de escritor que soy, que disfruta del acto físico de escribir (me defino como la Sherezade de mí mismo, frase robada a King, todo hay que decirlo), eso es muy difícil de resistir.

Toda mi carrera está basada en eso. También en otras cosas, claro. Pero por encima de todo, mi literatura es mestiza. Lo cual me parece estupendo, porque siempre he pensado que la pureza, aparte de para criar caballos, no sirve absolutamente para nada.

A lo mejor para criar caballos tampoco. No creo que nadie les haya preguntado lo que opinan de la pureza, por otro lado.

En todo caso, esa segunda lección no fue todavía la definitiva. La tercera y última lección la encontré de manos del mismo autor en un libro posterior de la misma saga.

Tenemos que saltar de nuevo. Esta vez a 2003, con treinta y siete años y varios libros publicados que no me molestaré en detallar porque para eso está la Wikipedia y, ya que estamos y el ego a veces tira más de lo normal, mi propia Wiki, que podéis encontrar aquí.

En el quinto libro de la Torre Oscura me encuentro con una introducción donde King cuenta que estuvo a punto de escribir El señor de los anillos cuando tenía diecinueve años, pero que reflexionando sobre ello se dio cuenta de que no era muy buena idea. Al parecer fue más listo que yo: no necesitó tirarse tres años escribiendo una novela que nunca acabaría para darse cuenta de que aquel no era el camino correcto.

Es en ese momento, cuando asisto a las explicaciones de King y este cuenta que La Torre Oscura es, a su modo personal e intransferible, hija de El señor de los anillos, cuando aprendo la tercera lección.

¿Por qué funciona El señor de los anillos? Por un montón de cosas, pero sobre todo por dos.

Y, por cierto, ninguno de esos motivos tiene que ver con que haya elfos y orcos y un Señor Oscuro y un anillo para gobernarlos a todos y atarlos en las tinieblas. Bueno, un poco sí, pero menos de lo que parece.

Más bien tiene que ver con que es una obra profundamente personal e intransferible. Está escrita por Tolkien y solo él pudo haberla escrito, surge de lo más hondo de su ser, de sus filias y fobias, de sus miedos y esperanzas, del amor que siente por la literatura antigua y por las lenguas, de una combinación de multitud de factores que lo convierten en un ser humano único.

¿Acaso no lo somos todos?

¿Y si todos lo somos y, por tanto, yo también, por qué pierdo el tiempo imitando lo que hay en la mente de otro tipo en lugar de ir a la mía y sacar de ella algo que no haya en ninguna otra? Bueno, vale, a los quince años podría haberme respondido que no tenía las suficientes cosas interesantes, personales e intransferibles en la mente para que la cosa funcionase. Pero, coño, si a los cincuenta y cuatro no he acumulado un poco de equipaje que merezca la pena (además de, obviamente, un montón de lastre) vamos jodidos. Mejor lo dejo. Apaga y vámonos, compañero.

Otro de los factores que convierte en único El señor de los anillos es el modo en que se la va dando textura y profundidad al escenario. Algunos me dirán que eso es gracias a la maniática atención al detalle donde nos es descrito cada guijarro en el camino.

No, nada que ver con eso. Cuestión, por cierto, que se ha exagerado bastante. Tolkien es prolijo, pero no tan prolijo. Atreveos con La serpiente Ouróboros si tenéis narices, y entonces sabréis lo que es ser prolijo.

Lo que le da textura y profundidad a la Tierra Media, lo que la convierte en real, es la sensación de que tiene cimientos que clavan sus raíces en un pasado antiquísimo. Es la capacidad de evocación con dos o tres frases, una mención a una antigua batalla o un poema elegiaco donde se recuerda la gloria de los viejos días. Y, sobre todo, es la sensación de que todas esas historias que no se nos están narrando han pasado, alguien las vio y las contó en algún sitio.

Eso es lo que hace Stephen King los siete libros (en realidad, ocho y una novela corta, pero eso es otra historia) de la Torre Oscura: aprender las dos lecciones de Tolkien y, en lugar de entregarnos la enésima entrega de novela fantástica pseudomedieval de raíces anglogermánicas, escribir su historia más personal, aquella que solo podría haber salido de él y de nadie más y, encima, escribirla como si fuera más real que la misma realidad. Roland de Gilead y su mundo existen en alguna parte del multiverso, y el señor King, de Maine, se ha limitado a abrir una ventana a ese cosmos y narrar lo que ve.

«Limitado», dice. Je. Claro. Qué fácil.

Como bien dice Kameron Hurley en un artículo que he leído no hace mucho, nadie dijo que escribir fuese fácil. Solo es la cosa más condenadamente maravillosa y satisfactoria del mundo…. además de ser a veces jodida de narices. Otro día si queréis os hablo del bloqueo parcial que sufrí entre 1996 y 2003.

No, mejor no.

Esas fueron las lecciones que aprendí. No sé si le serán útiles a alguien. A mí me han llevado hasta donde estoy. Y han acabado consiguiendo que me siente a escribir El Hueco al final del Mundo como la estoy escribiendo. Porque no podría escribirla de otro modo. Porque es mía y de nadie más (aunque espero que algún día sea de todos vosotros, mis pacientes lectores), porque está escrita desde mis tripas, mi corazón y mi cerebro, desde aquello que amo y aquello que detesto, desde aquello que temo y aquello que deseo.

Y sí, es hija de El señor de los anillos en muchos aspectos, aunque sea ciencia ficción (es mi novela, no la de Tolkien, ¿recordáis?) y no fantasía épica. Es hija suya en algunos aspectos meramente superficiales, como la manía de hacer mapas, crear idiomas y alfabetos, trazar cronologías… todavía no me ha dado por las genealogías, pero todo se andará.

Pero lo es también en sentidos más profundos. Sentidos que no sé explicar muy bien. Y por qué debería. Será la propia novela la que los explique cuando se publique. Al menos eso espero, si he tenido éxito en lo que me propongo.

Es lo más mío que he escrito. No necesariamente lo más autobiográfico. Hay otros textos en los que camuflo, codifico y disfrazo partes de mi vida. Aquí no lo he hecho, salvo quizá en momentos muy puntuales, aprovechando pequeños detalles de mí mismo y de mi entorno para generar texturas interesantes (o que yo creo al menos que lo son).

En cierto modo estoy cerrando un ciclo. Con eso no quiero decir que vaya a ser lo último que escriba (espero que no en todo caso), pero sí que estoy volviendo a mis orígenes. Con los años, a medida que vas aprendiendo ciertas cosas y adquiriendo ciertos hábitos, pierdes la frescura, la espontaneidad, el puro impulso de sentarte frente a una hoja en blanco y ponerte a escribir a ver qué pasa.

Esa es una de las cosas que he recuperado en El hueco al final del mundo. Soy de nuevo el chaval de doce, trece años que está escribiendo lo que le apetece, lo que le pide el cuerpo, lo que le sale de dentro, sin pararse a pensar dónde va a ir o si llegará a alguna parte. También soy el señor mayor de cincuenta y pico tacos que revisa lo que ha escrito ese chaval, lo pule, lo dota de una estructura, lo ensambla y lo desensambla y lo vuelve a ensamblar, cambia la forma en que está escrito, altera el punto de vista y los personajes, se deshace de algunas tramas, incorpora otras…

Ahí, en esa especie de esquizofrenia, es donde, cuarenta y dos años después de haber intentado escribir una novela por primera vez, me he encontrado a mí mismo como escritor. En ese difícil equilibro entre riesgo y confianza, entre despreocupación y planificación, estoy intentando dar lo mejor de mí mismo y construir una novela interesante, diversa, fluida, llena de capas y de lecturas distintas. Y al mismo tiempo no intento nada de todo eso. Simplemente estoy pasándomelo bien escribiendo, disfrutando sin más, sin preocuparme de qué va a suceder a continuación ni de cómo está saliendo el asunto.

¿Complicado? A mí me funciona. Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo, que dijo San Agustín (no, tampoco he leído a San Agustín, pero Luis Eduardo Aute cita esa frase al principio de una de sus canciones, «Queda la música», si no recuerdo mal). O me contradigo a mí mismo porque soy vasto y contengo multitudes, traduciendo de forma bastante libre a Walt Whitman (al que, para variar, sí que he leído, aunque solo un poquito.)

Lo que prefiráis.

Llevo tres cuartos de lo que será la novela completa y confieso que no sé muy bien cómo va a acabar. Tengo ciertas pistas, pero no estoy seguro de si me muestran algo real o son ilusiones. Llegará al final que le sea natural, el que pida la historia y mi capacidad de narrador me deje darle. Tan sencillo (¡ja!) como eso.

¿Fracasaré? ¿Remataré ese último tramo como se merece?

Quién sabe. No será por no haberlo intentado.

Porque os voy a contar un secreto. Yoda, el viejo maestro Jedi, quizá sea el tipo más sabio del universo, pero cuando dijo aquello de «Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes» no tenía la menor idea de lo que estaba diciendo.

(No se lo tengamos en cuenta. El tipo llevaba veintitrés años viviendo en un pantano y respirando sabe Dios qué gases. Es normal que tuviera los sesos un poco hechos papilla.)

Nadie te puede garantizar el éxito, ya sea personal o público. Pero tanto si triunfas como si fracasas, tienes que intentarlo. De hecho, lo imperdonable no es intentarlo y fracasar, es no haberlo intentado.

Que la Divina Incertidumbre que rige el mundo os sea propicia. ¡Ilja Alyajin!

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