EL PAÍS ANTERIORMENTE CONOCIDO COMO TAMASHI

UNA RELACIÓN CONTRADICTORIA

Mi relación Japón y con la sociedad japonesa es bastante curiosa. Buena parte de sus costumbres y de su historia me fascinan y, al mismo tiempo, considero que la sociedad japonesa es sumamente clasista, machista y racista, lo que no despierta precisamente mis simpatías. Pese a todo, la fascinación está ahí.

Pongamos un ejemplo.

Cuando veo esa especie de remake mal disimulado de Shogun que es El último samurái, no puedo evitar ponerme de parte del daimio que se niega a hincar la rodilla y de sus seguidores, pese a que soy consciente racionalmente de que estoy tomando partido por un señor feudal que más que negarse a renunciar a su noble y hermosa forma de vida, se está oponiendo a perder sus privilegios. El romanticismo, en este caso, triunfa sobre el sentido crítico, y me dejo llevar por la mítica y la mística del modo de vida samurái, por mucho que sepa que esa idea es tan falsa como la campiña inglesa que Tolkien tanto echaba de menos y que nunca existió… salvo en su imaginación.

Así que en mi día a día soy bastante crítico con la sociedad japonesa, con el rígido clasismo de que hacen gala, con el machismo evidente de sus actitudes que permea toda su ficción con distintos grados de contundencia, con el racismo exacerbado con el que se niegan a conceder la ciudadanía japonesa a personas de ascendencia coreana cuyas familias llevan en Japón más de cien años o con el que mantienen en un apartheid del que nadie parece dispuesto a hablar en occidente a los ainu, los  pobladores originales de Hokkaido.

Pero en lo que se refiere a la ficción, lo siento, Japón y lo japonés me fascinan y lo hacen de un modo totalmente acrítico e irracional. En cierto modo, la siguiente anécdota refleja lo que siento al respecto:

Hace muchos años siendo un jovencito imberbe y delgado de abundante cabello al viento (más o menos) estaba en casa de mis padres —por aquel entonces, la mía— viendo por enésima vez Conan el bárbaro de John Milius. Mi madre pasó por allí y comentó algo así como «hay que ver cómo te gusta esa película», a lo que asentí sin darle la menor importancia. Coño, me dije, cómo no me iba a gustar la Era Hibórea.

Luego me preguntó:

—¿Te gustaría vivir en esa época?

Eso me hizo saltar del asiento y responder:

—¿Estás loca? ¡Ni borracho!

Pues algo así es lo que me pasa con lo japonés.

Y me pasa no solo como lector o espectador sino, por supuesto, como escritor.

¿De dónde viene esa fascinación?

Supongo que todo procede de la novela de James Clavell (y posterior serie de televisión) Shogun, inspirada muy libremente en los meses previos a la batalla de Sekigahara y el ascenso al poder de Tokugawa Ieyasu.

Clavell, que por cierto estuvo en un campo japonés de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, lo que no deja de ser bastante irónico, cambia los nombres reales de los personajes, supongo que para poder ficcionar a su gusto sin tener que ceñirse al cien por cien a los acontecimientos históricos. Así, Tokugawa se convierte en Toronaga y el capitán William Adams se transforma en John Blackthorne. Es este último, pese al título, el verdadero protagonista de la novela, que cuenta la progresiva japonesización del personaje, hasta el extremo de que acabará siendo hatamoto al servicio del Shogun y se le concede el feudo de Miura. Como Miura Anjin permanecerá en Japón prácticamente el resto de su vida, convertido de uno de los pocos samuráis de origen occidental que ha habido.

La odisea de Blackthorne/Adams es fascinante (tanto en la ficción como en la Historia) y el telón de fondo elegido no puede ser más interesante o atractivo.

Era inevitable que la novela me atrapase. En el fondo, lo que estaba mostrando era una situación de primer contacto, la misma que tantas veces había leído ya en novelas y relatos de ciencia ficción. Para un europeo de esa época los japoneses eran poco menos que extraterrestres y sus costumbres por fuerza les tenían que parecer sumamente extrañas e incomprensibles. Y viceversa (pero sin Joaquín… no, no lo digo, venga, me corto).

El modo en que Blackthorne va volviéndose más y más japonés está narrado con mucha inteligencia. Clavell quizá no sea un fino estilista, pero es un narrador hábil que sabe dosificar perfectamente la alternancia entre lo familiar y lo ajeno,  de modo que se podría decir que hasta cierto punto el lector sufre el mismo proceso de japonesización que el protagonista.

La serie de la televisión, que vi poco después, ayudó a que mi interés por Japón se transformara en fascinación. No solo por el trabajo de Richard Chamberlain como Blackthorne (sin duda su mejor interpretación, de lejos, en una carrera más bien normalita, piensen lo que piensen los fans de El pájaro espino), sino por un extraordinario elenco de actores japoneses, encabezados por el gran Toshiro Mifune, y entre los que destaca Furankî (Frankie) Sakai en el papel de Yabú, componiendo un personaje vital y expansivo que se acaba convirtiendo en simpático al espectador pese a su crueldad y su carácter traicionero. El hecho de que Sakai viniera del mundo de la comedia ayudó mucho a conseguir eso, sin duda. Todo un acierto de casting. De hecho, compondrá uno de los grandes momentos de la serie cuando su personaje se vea forzado a cometer seppuku y, tras regalarle su espada a Blackthorne, lea su poema funerario entre carcajadas desafiantes.

De ahí viene, como digo, mi fascinación por el Japón feudal y, de hecho, normalmente esa es la época que más me interesa del país del sol naciente: los años previos al inicio del periodo Edo, justo después de los siglos de guerras civiles, que llegan a su fin cuando primero Oda Nobunaga, luego Toyotomi Hideyoshi y finalmente Tokugawa Ieyasu se hacen con el poder.

RASTREANDO LA HUELLA DE JAPÓN

Esa fascinación ha ido dejando su impronta en parte de lo que he escrito a lo largo de los años, como no podía ser menos.

En Fieramente humano, por ejemplo, nos encontramos con un tal Taira que pertenece a una sociedad secreta que pretende reinstaurar el shogunado Tokugawa. Un pariente de ese personaje (el nieto de su hermano, si no recuerdo mal) será el instructor de artes marciales de Uve en Las astillas de Yavé.

El nombre de Taira no es casual. Podría pensarse que es un homenaje al clan de ese mismo nombre, que fue clave en ciertos momentos de la historia japonesa, pero en realidad la referencia es mucho más cercana y personal y guarda relación con la persona que fue, durante unos meses, mi instructor de judo cuando yo tenía unos once años: Shu Taira, del gimnasio asturiano Takeda, que en 1967 vino a España desde su Hokkaido natal y decidió quedarse.

(Descubrí hace pocos años que Taira es considerado una auténtica leyenda de las artes marciales, con numerosos premios y varios libros en su haber. La sensación que tuve entonces al pensar «eh, ese tipo me dio clase de niño» fue bastante curiosa.)

Aquellos que hayan leído la versión original de Los sicarios del cielo, publicada en su día por Minotauro, recordarán tal vez una subtrama que involucraba a la misma sociedad secreta japonesa.

Otros lectores se preguntarán de qué estoy hablando, dado que cuando recuperé los derechos de la novela y decidí reeditarla con su título original, Este incómodo ropaje, aproveché para revisarla y modifiqué esa subtrama, utilizando ahora personajes musulmanes, cosa que tenía mucho más sentido en el contexto de la historia. Que los que perseguían a Remiel fueran representantes de las tres Religiones del Libro era coherente, dado el origen común y lo parecido de sus elementos mitológicos. Que lo persiguieran un grupo cristiano, otro judío y otro japonés (budista zen, por lo que recuerdo) no tenía ni pies ni cabeza.

Sentí dejar irse la trama japonesa, que me gustaba mucho, pero las necesidades narrativas tenían prioridad sobre mis gustos personales.

El jardín de la memoria, primera y segunda edición

En cualquier caso, los elementos japoneses que incorporaba a mis novelas no eran más que pequeñas pinceladas. No fue hasta El jardín de la memoria, la tercera novela del ciclo iniciado con El adepto de la reina, que le di rienda suelta a mi fascinación por lo nipón.

Al crear el mapa de ese mundo había dibujado, al extremo oriental, un archipiélago de cuatro islas al que llamé Honoi y que cualquiera habría reconocido como un trasunto de Japón. En la primera novela, el lugar es simplemente mencionado, pero casi toda la trama de El jardín de la memoria transcurre en él y varios personajes de origen honoyés serán fundamentales en la siguiente novela, La sombra del adepto.

Al no tener que preocuparme por encajar mi Japón ficticio con el real, pude construirlo a mi gusto y acabó siendo una extraña mezcla de diversas épocas (el periodo Edo y la era Meiji sobre todo, pero también la época de las guerras civiles) con evidente influencia del manga y del anime, especialmente de Bleach.

De hecho, Renyokiru Mizuni y Dasaraki Itasu, dos personajes que acabarán siendo sumamente importantes en los dos últimos libros, están muy libremente inspiradas en Retsu Unohana y Matsumoto Rangiku… y no es casual que una de mis gatas comparta el nombre de pila de esta última.

¿JAPONESES EN DUNIYA?

Cuando empecé a escribir El hueco al final del mundo, tenía claro que quería hacerlo lo más variado posible, ya fuera en lo cultural, lo lingüístico, lo racial e incluso lo sexual.

En cada una de las culturas que creaba fui mezclando diversos elementos. Por ejemplo, en el archipiélago de Elantegnek creé una sociedad muy urbanizada que hablaba una lengua inspirada en el alemán. Los tegnekares eran mayoritariamente de piel negra aunque entre ellos abundaban los ojos claros. Los pueblos qanramíes, que desarrollaban sociedades bastante variadas y que hablaban un idioma de resonancias árabes solían ser de piel cobriza y facciones aquilinas, inspirados en los nativos americanos. Los yajimaros, herméticos y misteriosos, tenían una lengua que recordaba al suajili y eran bajitos, pecosos y pelirrojos.

Y luego estaba Tamashi.

Se trataba claramente de un escenario inspirado en el shogunado Tokugawa con una emperatriz que, aunque nominalmente era la poseedora del poder y la legitimidad para gobernar, en el fondo era un títere en manos de un Consejo de Regencia. En cuanto a la apariencia de los tamashiles quería que, en efecto, recordasen a los japoneses, pero no a los del mundo real, sino a la forma en que se presentan a sí mismos en los animes. Así, los convertí en gente delgada, pálida, de cabello generalmente negro (aunque no siempre) y ojos enormes de diversos colores.

Lo cierto es que a la hora de inspirarme en Japón fui un poco demasiado lejos, como bien me hizo ver Juanma Barranquero, buen amigo y uno de los lectores beta de la novela.

(Benditas sean todas esas personas que consideraron lo que hago lo bastante importante para dedicarle su tiempo a leerlo de forma crítica y a compartir conmigo sus impresiones. Algún día hablaré de ellos y ellas con más detalle y les agradeceré públicamente lo que han hecho, lo prometo.)

Volviendo al tema, las otras sociedades que había creado para la novela, si bien tenían evidentes inspiraciones en ciertas culturas del mundo real eran al mismo tiempo lo bastante dispares para tener un carácter propio y distintivo. Tamashi parecía demasiado «calcada» del modelo del que partía.

Pongamos como ejemplo el archipiélago de Elantegnek y su capital, Volkenskap, una megalópolis inspirada tanto en las ciudades mastodónticas de nuestra época como en las que pueblan con cierta frecuencia la ficción popular. No es casual que el Cuerpo Móvil de Inquisidores se traslade sobre vehículos de dos ruedas que responden al nombre de farsehende y que parte de su indumentaria sea un casco y lo que, en la novela, se llama «hombrera de batalla». Pero Volkenskap no es una simple copia de Mega City 1, la ciudad del Juez Dredd, sino una amalgama mestiza de diversos elementos que, eso creo, acaba teniendo personalidad propia. Hay máquinas pensantes, y el azote de unos monstruos que devoran a los ciudadanos, y una especie de justiciero enmascarado, y una Iglesia que interviene activamente en la política y… Y, bueno, un montón de elementos tomados de aquí y de allá con la intención de componer un paisaje urbano que resulte familiar y ajeno al mismo tiempo para los lectores.

Pero es cierto que Tamashi y los tamashiles eran sin duda demasiado japoneses: el idioma, la indumentaria, la organización social, incluso la terminología se parecían demasiado. Algo de lo que, en realidad, me había dado cuenta y llevaba molestándome desde hacía rato, pero el comentario de Juanma fue el revulsivo que necesitaba para que moviera el culo gordo del asiento y me pusiera manos a la obra.

(Bueno, todo esto lo hice sentado, así que en realidad la metáfora que acabo de usar es bastante inadecuada.)

Lo primero fue cambiar el idioma y, por supuesto, el nombre del lugar. Si la inspiración para la terminología y la fonética del  tamashil había sido el japonés, para el nuevo idioma decidí usar una lengua americana. Por influencia de mi buen amigo Christopher Kastensmidt y su obra La enseña del elefante y el guacamayo, que yo estaba traduciendo en aquellos momentos para Sportula, decidí usar el tupí-guaraní como base fonética para la nueva lengua, a la que llamé tembelí. El país pasó a llamarse Iratembe, por otro lado.

El cambio del idioma fue relativamente rápido, al menos en cuanto a la terminología. Mi intención original era dejar intacta la gramática, pero eso cambio luego, como iréis viendo.

Tras el primer cambio hubo ajustes menores, modificaciones de ciertos términos que había encontrado apropiados inicialmente pero que tras una reflexión no me acababan de sonar correctos. Y, en efecto, fue una cuestión de sonido, sobre todo.

El resto del proceso de «desjaponesización» del país anteriormente conocido como Tamashi llevó algo más de tiempo y, en realidad, mientras escribo esto aún está en proceso.

Lo primero con lo que me puse fue con la terminología, especialmente la de los órganos de gobierno y de poder. Así, la Emperatriz se convirtió en Distribuidora, el Consejo de Regencia en Consejo de Distribución, el Regente en Coordinador… Como veis, hay una clara tendencia a «burocratizar» los nombres y los cargos, de modo que dejen de ser «regios» y se rebaje la pompa, el boato y el sabor «aristocrático» que tenían los originales.

Parece mentira que un simple cambio de terminología, aunque se mantengan las funciones, pueda tener efectos tan grandes. Aunque tampoco debería sorprenderme; como escritor, si a estas alturas no me he dado cuenta del poder de las palabras y del modo en que nombrar algo de determinada manera altera nuestra percepción de ese algo, mejor lo dejo.

El resto de las modificaciones que introduje en la sociedad tembelí (antes tamashil) fueron pequeñas pinceladas aquí y allá. Fui cambiando detalles como la forma de saludarse, el modo en que el habla refleja el estatus de las personas y la relación entre ellas, ya sea de jerarquía o de cercanía… La idea fue, en todo momento, darle a la cultura tembelí una personalidad propia menos dependiente del modelo japonés del que partía, pero sin perder del todo el sabor original. Como he dicho, sigo trabajando en ello.

Pero, ¿qué pasa con Tamashi?

Se podría pensar que simplemente ha desaparecido. Iratembe lo ha sustituido y listo, no hay nada más que decir.

Así debería haber sido, en efecto.

Pero confieso que me fastidiaba tirar a la papelera el trabajo que había hecho con el idioma y la terminología tamashil. ¿Habría tal vez algún modo de aprovecharlos? ¿Cómo?

Le eché un vistazo al mapa y me di cuenta de que arriba a la derecha (vamos, en el extremo nororiental) se extendía un amplio territorio en el que aparentemente no había nada de interés. Formaba parte de la nación de Alqufar, cierto, pero…

Retoqué un poco el mapa para hacer que esa zona estuviese un poco más aislada del resto de Alqufar: amplié un poco los montes, cambié algún río de sitio, esas pequeñas minucias que hacemos todos por la mañana justo antes de desayunar, ya sabéis.

Tras eso, situé ahí Tamashi, lo que tuvo dos consecuencias.

Al crear el tembelí mantuve la gramática que tenía el tamashil, dado que no pensaba usar más este último. Pero ahora las cosas eran distintas y tuve que modificar la gramática de uno de los idiomas para que no fuesen iguales. No fue un cambio espectacular, entre otras cosas porque me pareció que podía aprovechar narrativamente el parecido entre las estructuras gramaticales. En Las crónicas de Duniya, concretamente en uno de los apéndices lingüísticos, se comentará en algún momento lo desconcertados que están los filólogos ante dos idiomas de terminología tan distinta y aparentemente no relacionada que, sin embargo, tienen gramáticas casi idénticas.

La otra consecuencia fue que tuve que crear una historia para los tamashiles, darles un pasado y un origen.

Con ese nombre, parecía claro que no iban a ser un pueblo de raíz qanramí; no cuadraba. De hecho, tenían un idioma que no guardaba relación con ninguno de su entorno. No se parecía ni al qanramí ni al tembelí.

Así pues, ¿de dónde habían venido?

Del mar. Del océano inacabable que, se suponía, cubría el resto del planeta, más allá del mapa. ¿Implicaba eso entonces que había otras tierras, más allá de las conocidas?

Ni idea. Y, en efecto, no lo sé.

En el contexto de la ficción, lo que los habitantes de Duniya piensan es que el continente en el que viven y las islas que lo rodean son toda la tierra firme del planeta. La llegada de los tamashiles parece contradecir esa idea, pero en realidad no se ha explorado el mundo lo suficiente para asegurarlo con certeza.

Como autor he decidido deliberadamente no saberlo. Quizá algún día necesite despejar esa incógnita, y ya veremos entonces qué pasa, pero mientras tanto sé sobre esa cuestión lo mismo que cualquier personaje.

Como sea, los tamashiles llegaron a la costa oriental de Alqufar hace más de setecientos años. Eran un pueblo marino que se trasladaba en varias docenas de enormes almadías y que no guardaba el menor recuerdo de su lugar de origen. Llevaban varias generaciones viviendo en el mar, sin acercarse jamás a tierra firme, y tenían abundantes leyendas y relatos de su viaje por el océano, pero habían olvidado (¿por accidente, de forma deliberada? Quién sabe; yo no) de dónde venían.

Desembarcaron y se asentaron en esa zona de Alqufar a la que llamaron Tamashi y que estaba prácticamente despoblada. No tardaron en tener conflictos con el gobierno y la población alqufeña, por otro lado, pero eso es una historia de la que veréis retazos cuando leáis El hueco al final del mundo y que conoceréis en detalle cuando estén listas Las crónicas de Duniya. Así que, como decía cierto personaje televisivo, «Hasta aquí puedo leer».

Entretanto, que la Divina Incertidumbre que rige el universo os sea propicia. ¡Iljá Alyajin!

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