HOMBRES DE CÉSPED

Se obligaba, como siempre, a cruzar el parque. Iba con la cabeza baja, la expresión concentrada y los dientes apretados, sin mirar a los lados, pero de algún modo consciente de lo que pasaba a su alrededor.

Sus pensamientos saltaban de un lado a otro sin que ella se diera cuenta.

Ya vienen. No. A lo mejor hoy no. Malditos cocodrilos. ¿Por qué estropean la comida metiéndola en el agua? Ahí hay uno. No. Pero vendrán. Igual hoy no. ¿Por qué no? Es martes. ¿No les gustan los martes? Carne pasada por agua. ¡Puag!

Seguía su camino siempre con la cabeza baja y el paraguas enarbolado como si fuera un arma. Un paso. Otro más.

A su espalda, en la hierba, se formaba un bulto.

Ahí hay uno.

Seguía caminando. Podía oírlos, creciendo entre la hierba, formándose rápidamente, como si el suelo tuviera prisa en escupirlos. No se volvía, pero podía imaginarse la sonrisa vacía, los ojos negros, el modo en que sus cabezas se giraban para seguirla.

Llegaba al final del parque y, al volverse, los veía desaparecer poco a poco, absorbidos por la misma hierba que los había formado.

Estaban perezosos. ¿Por qué están perezosos los martes? Estúpido examen de francés. ¿Y mañana? Pero los miércoles no tienen nada de especial, solo están ahí en medio, molestando. Francés oral, a quién narices se le ha ocurrido llamarlo así. Molestando, en medio, ni martes ni jueves. No están lo bastante lejos de los lunes, ni lo suficientemente cerca de los viernes. Una mierda. Los miércoles. Pero, ¿qué les importa a ellos? ¿Por qué están perezosos los martes? Estúpido examen, la voy a pifiar, ya verás.

Cruzaba la calle sin mirar a los lados. Luego divisaba la boca del metro, fruncía el ceño una vez más y empezaba a descender.

* * *

En la cafetería, tras el examen, descubrió que no llevaba el paraguas con ella.

Mierda.

No lo había dejado en el metro, de eso estaba segura. Así que tenía que estar en el aula.

Ahora no voy a ir a por él.

Se quitó el abrigo, se sentó y se vio reflejada en el enorme espejo de la pared. Demasiado delgaducha, demasiado alta y demasiado seria. Y demasiado ridícula con aquel maldito gorro de lana en la cabeza. ¿Cuándo se lo había puesto?

Bueno, en casa, claro.

Se quitó el gorro y se sentó.

¿Nabokov? Uf, no, ahora no. Entonces, ¿quién? ¿Evelyn Waugh? ¿Con ese nombre de tía? Qué más da.

Tomó un libro y empezó a leerlo. Contuvo su impaciencia ante las primeras páginas y se obligó a sí misma a seguir. Ingleses. Estaban locos. Bueno, y quién no.

Siguió leyendo, indiferente al barullo a su alrededor. De vez en cuando levantaba la vista, reconocía a alguien, lo saludaba. A veces le devolvían el saludo, otras no. Le daba igual. Más o menos. Siguió leyendo.

Se apartó un mechón de pelo rojizo de la frente de un soplido, pero el maldito volvió a caer. Intentó colocárselo detrás de la oreja, pero no tardó en liberarse y volver a taparle el ojo.

Mejor cambio de postura.

Al hacerlo, vio que alguien se había sentado frente a ella, en la mesa siguiente. No lo conocía, pero, bueno, el mundo estaba lleno de gente desconocida. Era lo que tenía.

Un estudiante de los últimos cursos. O un profesor. O algo.

Se encogió de hombros y siguió leyendo, pero al cabo de un rato alzó la vista, convencida de que alguien la estaba mirando.

El desconocido de la mesa de enfrente parecía totalmente concentrado en repasar lo que había en unos folios y anotar algo de vez en cuando con un bolígrafo rojo. El resto del mundo seguía pasando a su alrededor, alborotando y sin ir a ninguna parte.

¿Me estaba mirando? Claro que no, idiota, ¿para qué iba a querer mirarte? Pero, entonces, ¿quién me miraba? Nadie. Que sí. Que no. Déjate de chorradas. Tienes que acabar el puñetero libro para el viernes. Pero me estaba mirando. Sí, claro, todo el mundo te mira, no te jode. Que me miraba. ¿Quién? No sé. El tipo ese.

Volvió a leer, pero ya no pudo concentrarse. O estaba leyendo siempre la misma página o todo el maldito libro era igual. Alzaba la vista. Volvía a leer. Fruncía el ceño y alzaba la vista de nuevo.

¡Sí!, ahora sí me está mirando.

En efecto, el desconocido había dejado de escribir y la contemplaba. Al darse cuenta de que ella también lo estaba mirando, ensayó un esbozo tímido de sonrisa, tomó de nuevo el bolígrafo rojo y siguió a lo suyo.

Me estaba mirando.

¿Y qué?

Intentó leer. Se sabía la condenada página de memoria, pero no le encontraba el menor sentido. Malditos ingleses.

Cerró el libro y se incorporó. Se puso el abrigo, se guardó los libros en la mochila y luego miró el gorro de lana sin saber muy bien qué hacer.

Es para la cabeza, estúpida. Se supone que debes ponértelo en la cabeza. ¿Y si no me apetece? Pues guárdalo.

Se puso el gorro. Echó a andar hacia la puerta y sintió que, al pasar junto a él, el desconocido alzaba la vista y enseguida devolvía su atención a los papeles.

* * *

Recuperó el paraguas del aula donde se había examinado. Luego se fue hasta la parada del metro. Se encontró con Lidia y hablaron de quedar aquel fin de semana. Luego, cada una se dirigió a su línea.

No había casi nadie en el vagón. Pensó en seguir leyendo, pero descubrió que no le apetecía.

Demasiado inglés para mí.

Al otro extremo del vagón había una pareja. Se estaban dando un buen lote. Pensó en una zarpa amable recorriendo su espalda y luego intentó dejar de pensar en ello. No tuvo demasiado éxito.

Estuvo a punto de pasarse su parada. Saltó del vagón al andén cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, tropezó y consiguió mantener el equilibrio tras un par de saltitos ridículos. El vagón echó a andar y tuvo un fugaz vistazo de la pareja, que seguía a lo suyo, y no tenían pinta de ir a dejarlo en un plazo razonable.

Salió. La tarde caía con la misma desgana de siempre y el parque, al otro lado de la calle, empezaba a llenarse de sombras.

Las sombras no importan. Las sombras son lo de menos. Ellos no se ocultan.

Como si no les importase que los vieran. Bueno, nadie más que ella los veía.

Cruzó la calle y se detuvo a la entrada del parque. No quería entrar. Una vez más, se obligó a hacerlo.

Había un par de policías patrullando. Para qué. No servían para nada. No eran capaces de ver nada.

Sus pasos por el sendero de grava sonaban amarillos, estridentes, como si no hubiera otro sonido en el mundo.

A su alrededor, en el césped, todo parecía tranquilo, y eso la puso nerviosa.

Están ahí. ¿Por qué no salen? Bueno, mejor si no salen, ¿no? Pero están ahí. Se están burlando. No quieren salir. Prefieren reírse de mí sin que los vea. Cabrones.

No le quedaba mucho para llegar al final del parque cuando lo sintió. A su derecha, la hierba empezó a susurrar y el suelo vomitó rápidamente a uno de ellos. Permaneció inmóvil unos segundos (la sonrisa vacía, la cabeza ladeada, los ojos siempre en sombra, las manos extendidas frente a él como si pidiera algo) y luego empezó a caminar, acompasándose a su paso.

Ella agarró el paraguas con más fuerza.

Aquí viene.

El hombre de hierba empezó a andar a saltitos. De vez en cuando giraba la cabeza y la miraba, siempre con aquella sonrisa estúpida, fría, demasiado grande.

Ella apretó el paso.

El hombre de hierba se detuvo. Giró. Saltó y se dejó caer sobre las manos. Anduvo boca abajo un rato y luego empezó a bailar. De pronto se detuvo de un salto y extendió las manos.

Ahora.

Sintió que se preparaba para el salto definitivo y, sin pensar en lo que hacía, alzó el paraguas, se lanzó sobre el hombre de hierba y lo atravesó.

No se daba cuenta de que estaba gritando mientras lo hacía:

—¡Se llamaba Carlos, cabrones, se llamaba Carlos!

El hombre de hierba contempló el paraguas que le atravesaba el pecho y su sonrisa se transformó en una expresión de asombro igual de vacía y de distante.

Una parodia chunga de la tristeza. Como un puñetero cocodrilo comiendo carne pasada por agua.

Sacó el paraguas. El hombre de hierba se miró el agujero en el pecho y luego, con un quejido amarillento y demasiado agudo, se convirtió en una especie de baba verde que se desparramó sobre el césped.

Ella no miró atrás. Siguió caminando, sujetando siempre con fuerza el paraguas. Jadeaba, pero no era consciente de ello.

* * *

Febrero era frío y amargo. Azul.

Pero al menos no era verde. Odiaba los meses verdes. El verde era el color de la muerte. Del olvido.

Por suerte aquella noche no hacía demasiado frío, mientras iban de bar en bar celebrando el día del whisky.

—¡Feliz San Ballantine’s! —gritaban entre trago y trago.

No pensaba. Intentaba no pensar. Sobre todo, trataba de no pensar en el parque, en los malditos hombres de césped saltarines, en aquella sonrisa helada y en sus ridículos pasos de baile.

Un trago. Otro más.

—¡Feliz San Ballantine’s!

Al otro lado de la barra vio que alguien la miraba. Sonreía. Le guiñaba un ojo.

Joder, no, otro pesado, no.

Lidia se dio cuenta y le dijo algo al oído. Ella no lo oyó (la puñetera música estaba demasiado alta, como casi siempre) pero asintió como si lo encontrase gracioso. Luego, de pronto, al alzar la vista, se encontró con el tipo plantado frente a ella, tan sonriente como un cerdo a punto de ser degollado.

—¿Nos conocemos? —le oyó preguntar.

No puede ser. No puede haber dicho eso. Nadie es tan tarugo. O sea, no me lo creo. Es imposible. ¿De qué parte de Tontolandia ha salido este imbécil?

Y, antes de que hubiera pensado qué iba a contestar, se dio cuenta de que su boca estaba hablando por sí misma:

—¿Quieres decir un conocimiento racional? —se oyó decir—. Pues va a ser que no, porque la verdad es que veo poco probable cualquier interacción de las matemáticas en algo que tenga relación conmigo. Yo no les gusto, mira tú si serán cretinas, y ellas no me gustan a mí, así que intentamos coincidir el menor número de veces posible.

¿Qué demonios estaba diciendo? Sin embargo, descubrió que no podía parar.

—Claro que siempre queda la puñetera zorra de la estadística, dispuesta a meter las narices donde no la llaman, y cuyos resultados se basan más en la fe que en la realidad, un poco como Dios, ya sabes, el tipo ese que hablaba con Charlton Heston, y que es, aparte de una gilipollez, poco fiable, pero eso mejor lo dejamos, que me han dicho que si dices su nombre tres veces aparece y te hace un calvo. El nombre de la estadística, quiero decir, no el de Charlton Heston. Bueno, ni el de Dios. Creo.

Por el rabillo del ojo vio que Lidia se tapaba la boca e intentaba, inútilmente, no reírse.

—En cuanto al conocimiento sensible, me temo que tus sentidos te engañan si te dicen que me conoces; no les hagas ni puto caso. Al conocimiento real solo se puede llegar por medio del pensamiento ¿y sabes qué me dicen las voces en mi pensamiento? Bueno, que estoy loca, pero eso no tiene nada que ver. ¡Que en mi vida te había visto y aún menos conocido en cualesquiera que sean los grados de conocimiento! Y dudo que lleguemos a conocernos. Feliz año.

Él tardó varios segundos en procesar lo que acababa de oír. Al final, parpadeó, frunció el ceño y dijo:

—Pero… ¿seguro que no nos conocemos?

Ante lo cual, Lidia ya se reía a mandíbula batiente y ella tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerse seria.

—Sí —respondió—. Verás, Luke… yo soy tu padre.

Aquello terminó de desconcertarlo. Intentó recuperar su sonrisa de «seguro que esta noche follo» y acabó yéndose de allí sin conseguirlo del todo.

Joder, qué mal. Necesito otro trago.

Lidia, siempre perceptiva, se le había adelantado y le tendía un vaso.

—¡Feliz San Ballantine’s! —gritaron.

Cuando volvió a casa, había enfriado y todo era de un azul intenso, tan amargo que respirar era como tomarse una purga, y solo lo hacía cuando era estrictamente necesario.

Pasó junto al parque, pero no entró. No llevaba paraguas. Además, Lidia iba con ella, y nunca entraba en los parques cuando iba acompañada.

No desde hacía mucho tiempo.

* * *

Había un libro nuevo de Carroll en la librería. Eran las dos Alicias en un solo volumen, en una de esas ediciones grandes y de lujo tan incómodas de leer como agradables de mirar.

Lo sacó del estante y le echó un vistazo. Enarcó una ceja ante el precio. Joder. Luego lo abrió y fue pasando rápidamente las páginas hasta los primeros capítulos de A través del espejo.

Allí estaba. El maldito poema. La puñetera ilustración.

La niña (o el mancebo, o lo que narices fuera) sujetando un espadón mayor que ella frente a una bestia demasiado ridícula para ser real. Una especie de dragón con cara de estreñimiento y chaleco abotonado.

Y al fondo… el bosque. El condenado bosque. Demasiado oscuro.

Y las palabras, claro. Las malditas palabras:

’Twas brillig, and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe:
All mimsy were the borogoves,
And the mome raths outgrabe.

Cerró el libro y contuvo un estremecimiento. Volvió a ponerlo en la estantería y, al retroceder un par de pasos, chocó con alguien.

Se volvió para disculparse, y se encontró con el tipo de la cafetería que la miraba desde el otro lado de unas gafas redondas con una expresión que no supo descifrar.

Es él, el tío que me miraba. No te miraba, solo cruzó la vista contigo. Calla, que está hablando.

—Lo siento —oyó que decía, justo antes de fruncir el ceño—. No eres una de mis alumnas, ¿verdad?

—Eh… no lo sé.

¿Se había saltado alguna clase? O peor, ¿había ido a alguna clase y no lo recordaba?

—Doy un seminario de literatura creativa el último curso.

—Entonces no. Todavía me faltan unos años para eso.

Él sonrió.

—Bueno —dijo—, puedo esperar.

¿Qué ha dicho? ¿Qué demonios ha dicho?

Buscó algo que responder y no lo encontró. Se fijó en el montón de libros que él llevaba bajo el brazo.

—¿Lees ciencia ficción? —preguntó.

Claro que la lee. ¿Para qué crees que lleva esos mamotretos bajo el brazo, para hacer ejercicio? Imbécil.

Él asintió.

—Ciencia ficción, fantasía, terror, tebeos. —Dudó unos instantes—. Procuro mantenerme alejado de la literatura prospectiva, el Fantástico —la mayúscula sonó clara en su voz— y las novelas gráficas, sin embargo.

¿Qué?

—Claro —dijo, pese a todo, como si realmente supiera de qué estaba hablando—. Y quién no.

—Mucha gente. Demasiada.

* * *

De algún modo, media hora más tarde estaban frente a frente en una mesa. Él tomaba un café, ella le daba sorbos distraídos a una cerveza.

—Así que te gusta Carroll.

¿Ves como me estaba mirando? Sabía el libro que pillé en la librería. Me estaba mirando. Vale, sí, ¿y qué? Pues que me estaba mirando.

Se apartó un mechón de pelo de la frente y trató de no bizquear.

—No sé —respondió—. Creo que sí. Aunque a veces…

Él apoyó los codos en la mesa y la barbilla en las manos.

—Cierto —dijo—. A veces… Sí, es un «a veces…» interesante. Al fin y al cabo, Carroll era el Míster Hyde del reverendo Dodgson. Un tipo al que le gustaba fotografiar niñas ligeras de ropa y que escribía libros desquiciados. Piensa en La caza del Snark, por ejemplo.

—Mejor no.

Pareció encontrar divertida su respuesta.

—Puede.

Hubo un momento de silencio incómodo. Él bebió de su café. Ella tomó un trago de cerveza.

—Me gustan las ilustraciones —dijo ella, de pronto—. Las de Tenniel. Aunque también tienen algún «a veces…» que otro.

—¿Por ejemplo?

Cállate. ¿Por qué? Porque va a pensar que eres estúpida. O que estás loca. Bueno, lo estoy, ¿no?

Así que dijo:

—La del Jabberwocky. Debería ser graciosa. El monstruo es ridículo. Ese puñetero chaleco. Parece un chupatintas inglés. —Él sonrió—. Pero el bosque… Ese bosque es algo chungo. Da mal rollo. Allí hay cosas…

—Que no deberían salir de él.

Ella asintió, sin darse cuenta.

—Pero salen —dijo.

Él se echó hacia atrás en la silla y se llevó un índice a los labios.

Ya está. Está pensando que estás loca.

Pero no parecía estar pensando eso. Era como si tratase de digerir sus palabras, como si intentase decidir si significaban lo que creía.

—Sí —dijo al fin.

Solo eso. «Sí». Y ya estaba.

¿Y ahora qué?

—Estoy loca —susurró, sin saber por qué lo hacía.

Él frunció el ceño.

—¿Seguro? —preguntó.

—No sé, a veces. Eso creo —respondió ella sin apartar la vista de su cerveza.

—Bueno, parece una locura interesante, en cualquier caso.

Alzó la vista y vio que estaba sonriendo, como si lo que acababa de decir fuera verdad.

—¿Nunca pierdes los papeles? —preguntó, sin saber por qué lo hacía.

Él se encogió de hombros.

—Intento no hacerlo. Sobre todo, cuando estoy con alguien que es posible que se convierta en la responsable de que me despidan. Mejor mantener la calma en un caso así.

—¿Cómo?

¿De qué habla?

—Ya sabes. Conflicto deontológico y todo eso. Abuso de poder. Ética de la docencia. Tutorías horizontales. Esas cosas. Supongo que sabrás que no está bien visto que un profesor se intente liar con su alumna. A lo mejor hasta es inmoral.

Ella iba a decir que aún no era su alumna, pero se lo pensó mejor y guardó silencio. ¿Y si él se reía y le respondía que no estaba hablando de ella? En lugar de eso, soltó:

—Eres muy raro.

Serás burra.

Pero él solo se encogió de hombros y, sin dejar de sonreír, dijo:

—Gracias.

* * *

Exámenes. Puñeteros exámenes.

Y todos aquellos libros. Nabokov. Waugh. Fowles. Highsmith. Ellis. Faulkner… no, Faulkner no, por el amor de Dios. Ese no.

Febrero iba muriendo y, poco a poco, el aire dejaba de tener el sabor amargo del frío y se iba volviendo dulce. No mucho, pero era algo.

Los hombres de césped parecían extrañamente inactivos aquel año. Como si el invierno, más frío de lo normal, los volviera perezosos.

Todas las mañanas, antes de salir de casa, se detenía unos minutos en el paragüero y elegía el paraguas adecuado.

¿Adecuado para qué? Daba lo mismo uno que otro.

Pero no era cierto, y lo sabía. No todos funcionaban de la misma manera y algunos días unos eran mejores que otros. Así que se quedaba mirando el paragüero como una estúpida hasta que al fin daba con el paraguas correcto.

Solo entonces salía de casa.

Cruzaba el parque, una vez a la ida, otra a la vuelta. A veces no pasaba nada. Otras, los hombres de césped surgían a su paso y se quedaban inmóviles viéndola pasar, con aquellas sonrisas estúpidas y horribles plantadas en sus rostros verdes. De vez en cuando, uno de ellos empezaba a caminar, saltaba y se ponía a bailar; no siempre lo hacía cerca de ella, como si hubieran aprendido a tenerle miedo, por fin.

El año pasado habían estado por todas partes. No solo en el parque. En los montículos de hierba de las rotondas. En los parches de las medianas. En cualquier sitio donde hubiera un atisbo de césped.

Pero este año estaban perezosos. Apenas los había visto fuera del parque. Y en él, no siempre asomaban.

Cuando lo hacían, empezaban a bailar y se preparaban para saltar sobre ella, siempre era igual. Sin pensárselo, se lanzaba contra ellos paraguas en ristre sin dejar de gritar:

—¡Se llamaba Carlos, cabrones, se llamaba Carlos!

Luego, miraba a su alrededor, y se aseguraba de que nadie había visto algo raro.

Para qué. Nunca ven nada. Nunca los ven. La gente desaparece y nadie ve nada.

Los exámenes llegaron a su fin. Algunos libros también.

Cuando se cruzaban en la cafetería, él la saludaba con un cabeceo y una sonrisa y seguía con lo suyo. No hacía ningún intento de aproximarse de nuevo.

En ocasiones, ella se descubría mirando a su alrededor, buscándolo con la mirada. A veces lo encontraba. Sonreía (como una auténtica imbécil, le decía su irritante voz interior) y seguía su camino.

Empezó a ir a la misma librería todos los viernes a la misma hora. Él, como no se había atrevido a esperar, estaba allí, deambulando indiferente entre los estantes, matando el tiempo como si estuviera esperando a alguien.

* * *

Lidia insistía en atajar por el parque, y ella se negaba.

—Venga, no seas idiota. Es un rodeo de la hostia.

Tiraba de ella como de un becerro camino del matadero. Al final cedió. Quizá hubiera suerte. Al fin y al cabo, estaban perezosos, lo habían estado todo el invierno. Como mucho, podía atacarlas uno, y ella podía ocuparse de ello.

—Vale —dijo al fin, a regañadientes.

La gente paseaba, iban a sus cosas y no prestaban mucha atención a lo que pasaba a su alrededor. A lo lejos, una pareja de policías hacía su ronda. Y el césped estaba tranquilo. Dormido. Todo parecía dormido a aquellas horas, como si el universo entero se hubiera puesto a echar una siesta. De las largas. Con pijama y todo.

No te fíes.

Pero siguieron caminando y seguía sin pasar nada. No tardaron en divisar el otro extremo del parque y contuvo apenas un suspiro de alivio.

Fue como si hubiera dado una señal. Como si hubiese disparado una alarma.

Empezaron a salir por todas partes. A su alrededor, frente a ellas, a lo lejos. Todo el parque bullía de hombres de césped, vomitados por la hierba a un ritmo convulso y casi frenético.

Y no estaban inmóviles. Las miraban. Sus sonrisas… nunca había visto sus sonrisas tan grandes y frías, tan ridículas y amenazadoras.

Se movían. Caminaban. Saltaban. Bailaban.

Apretó el paso.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lidia.

Pero ella no contestó. Solo quería salir de allí. Lo más rápido posible. Antes de que fuera demasiado tarde.

Estaban tan cerca…

Sintió que uno de ellos se preparaba para saltar. Se lanzó sobre él y le clavó el paraguas:

—¡Se llamaba Carlos, cabrones, se llamaba Carlos!

Notó movimiento a sus espaldas. Otro más. Entró a matar y sintió el paraguas hundirse en algo blando y pegajoso. Lo sacó y se giró.

Otro.

Y otro.

Se habían vuelto locos. Estaban por todas partes. Y ella se lanzaba contra cada movimiento, cada rastro fugaz de verde entrevisto por el rabillo del ojo, cada sonido, cada sonrisa.

A su lado, Lidia la contemplaba incrédula, sin comprender y sin atreverse a hablar.

Y ella seguía. Bailando su baile mortal con los hombres de césped. Con sus sonrisas verdes y sus ojos vacíos.

Vio venir a uno a lo lejos. Corría y saltaba, como si fuera el protagonista estúpido de un musical absurdo y las colinas estuvieran vivas con el sonido de la música con canciones que habían cantado durante más de mil años. Se giró y trató de ir a por él, pero tropezó con sus propios pies y cayó al suelo.

¡No!

El hombre de césped saltó y, en el aire, se deshizo en millones de briznas multicolores, como si estuviera hecho de confeti.

Intentó incorporarse, pero sabía que era demasiado tarde, que no llegaría a tiempo, que era inútil.

Logró abrir el paraguas y protegerse de la lluvia de confeti que había sido el hombre de césped.

Pero no a Lidia.

Se quedó completamente inmóvil y no pudo apartar la vista.

Otra vez no, por favor.

Sus ruegos no encontraron respuesta. La nube de briznas multicolores cayó sobre Lidia y cubrió su cuerpo en un parpadeo. Lo último que vio de ella fueron sus ojos abiertos en un gesto de terror y desamparo que no podría olvidar.

Luego, la hierba la devoró y Lidia desapareció.

Al instante, todo se calmó. Los hombres de césped fueron absorbidos por el suelo una vez más y el parque volvió a la normalidad.

Alguien se inclinaba hacia ella y le tendía una mano.

—¿Se encuentra bien?

Cerró el paraguas y se incorporó.

—Tropecé —consiguió decir sin apenas tartamudear.

Salió del parque como si estuviera sonámbula. Encontró un banco y se dejó caer en él, vencida e incapaz de llorar. Tomó aire. Sabía a derrota y a miedo. A olvido y a muerte.

Lidia no existía. Había sido devorada. Y, como había pasado antes, había sido olvidada. Nadie recordaría que había existido, ni amigos ni familiares ni conocidos. No quedarían registros de su paso por el mundo. Nadie se acordaría de ella.

Solo yo.

Y entonces sí, con una última bocanada de aire, pudo llorar.

* * *

Aquel viernes él notó que pasaba algo, pero no dijo nada. Charlaron un rato, como hacían siempre que se encontraban en la librería. No habían vuelto a tomar algo juntos desde la primera vez.

Ella respondía de un modo ausente, pero él no parecía desanimado. Con su montón de libros bajo el brazo (siempre parecía llevar un montón de libros bajo el brazo y ella se había preguntado alguna vez si no sería el mismo) le propuso tomarse un café.

Ella asintió sin saber muy bien lo que hacía.

De pronto, mientras salían de la librería él preguntó:

—¿Tu amiga ha dejado la Universidad?

¿Qué?

—¿Qué? —dijo en voz alta.

—No la he visto por ahí desde la semana pasada —dijo él, indiferente—. Me pareció raro.

—¿Recuerdas a… Lidia? —preguntó ella.

Pronunciar su nombre en voz alta fue como atravesar un muro. Sintió que se mareaba.

—Sí, claro, aunque no sabía cómo se llamaba. Os he visto juntas unas cuantas veces.

Ella se apoyó en la pared.

No, no es posible. No puede ser. Él no puede…

Alzó la vista, sin saber qué decir. Y entonces él se asustó.

—Dios mío —dijo—. ¿Qué pasa? Traes una cara horrible.

Ella no pudo responder. Se apoyó de nuevo en la pared y sintió que el mundo entero daba vueltas a su alrededor.

—¿Estás bien?

Consiguió asentir. Aunque no estaba segura. En aquel momento no sabía si estaba bien o estaba mal, no tenía ni idea de nada. Era como si todo lo que hubiera dado por sentado desde siempre se hubiera desvanecido de pronto. Y no estaba segura de si aquello era bueno o malo.

—¿De verdad?

Lo miró y la preocupación que descubrió en su rostro la hizo sentirse mejor de repente. El mundo dejó de girar y pudo dejar la pared y permanecer de pie.

—Sí —logró decir.

¿Y ahora qué?

Se mordió el labio.

—Vamos a tomar algo —dijo.

Él dudó unos instantes y luego asintió.

* * *

Díselo. ¿El qué, qué quieres que le diga, que si ha visto a los hombres de césped? ¿Estás loca? Bueno, teniendo en cuenta que no soy más que una voz en tu cabeza, es bastante probable. Díselo, ¿qué es lo peor que puede pasar? No. Díselo, idiota.

—¿Nunca pasas por el parque? —fue lo que preguntó, sin embargo.

Él se echó para atrás, como si lo hubieran golpeado, y ensayó una sonrisa poco convincente.

—Bueno, soy un urbanita convencido, me temo —dijo—. La naturaleza es ese sitio que queda tan lejos, ya sabes. Y la naturaleza domesticada que hay en las ciudades…

—No está domesticada… —susurró ella, sin alzar la vista de su vaso de cerveza.

Se dio cuenta de que él tomaba aire y lo dejaba escapar lentamente.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Lo miró a los ojos. Estaba preocupado. No. Incómodo. Se sentía claramente incómodo.

—Nunca pasas por el parque —soltó ella de repente—. Ni pisas la hierba. En ningún sitio.

—Bueno… —dijo él, cada vez más nervioso.

—¿Lo haces?

Fue como si la palabra le fuese arrancada contra su voluntad:

—No.

—¿Por qué?

—No sé. Dímelo tú.

Se mordió el labio. Tomó un trago de cerveza. Posó el vaso sobre la mesa y miró por la ventana. A lo lejos la calle moría en una gran rotonda coronada por un montículo de hierba.

—Porque tienes miedo de los… de los…

—¿Los Jumping Grassmen? —preguntó él.

Parecía sorprendido ante lo que acababa de decir, como si no se creyera sus propias palabras.

Los ha visto. Los ha visto. No estoy loca y los ha visto. O si estoy loca, pero los ha visto, joder.

—Sí —logró decir—. Aunque nunca los he llamado así. Son los… los hombres de césped.

Era la primera vez que decía el nombre en voz alta y el alivio que experimentó al hacerlo fue tan intenso que casi la tumbó.

—Los hombres de césped —repitió él, saboreando las palabras.

—Vienen del bosque —dijo ella, incapaz de dejar de hablar una vez que había empezado—. De lo más oscuro. Del corazón más oscuro del bosque, donde no ha llegado jamás la luz del sol. No deberían salir de él. Son sus guardianes. O lo fueron. Nunca debieron salir de él. Pero lo han hecho. Hemos talado los bosques, los hemos quemado, hemos construido encima, hemos… y ellos han venido a nosotros. Viven bajo el suelo, bajo la hierba. Y a veces salen, y caminan. Saltan y bailan. Y… y a veces…

—Caen sobre ti y te devoran. —De nuevo parecía sorprendido ante sus palabras.

Ella asintió.

—Y entonces no queda rastro alguno de ti. Desapareces. Como si nunca hubieras existido. El mundo te olvida. Nadie te recuerda.

Él no dijo nada. Sus ojos eran dos ascuas marrones, y vio que apretaba los puños hasta que sus nudillos quedaban blancos.

—Pasé mi infancia en Inglaterra —dijo de repente. Le costaba articular las palabras—. Y los vi siendo niño. —Se llevó una mano a la frente—. Los vi —repitió—. Los vi —dijo una vez más—. Desde entonces, no he vuelto a pisar la hierba.

—¿Viste cómo devor…?

—A un amigo de mis padres. Nadie más lo vio. Y todos siguieron como si no hubiera pasado nada.

Ella asintió.

—Mataron a mi hermano —dijo—. Nadie se acuerda de él. Pero yo sí. Se llamaba Carlos.

—Carlos —repitió él.

—Carlos —dijo ella.

Él sonrió y abrió las manos. Todo su cuerpo se relajó.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Ella se encogió de hombros.

—No sé —dijo.

Hablaron. Y hablaron. Y hablaron.

Ella le contó cuanto sabía. Él nunca le preguntó cómo lo había averiguado, lo cual era un alivio porque, ¿qué podía decirle? ¿Qué, simplemente, lo sabía?

Pero él se limitaba a aceptar la información, como si todo cuanto ella decía fuera obvio.

—Un paraguas —murmuraba—. Les haces frente con un paraguas.

—Probé muchas cosas. Pero el paraguas es lo único que encontré. Debe tener la punta de madera. Y, si estás bajo él, abierto, te protege de su lluvia. Abierto el paraguas, no tú, quiero decir…

—¿Y todo este tiempo…?

—Paso por el parque. Todos los días. Una vez por la mañana. Otra por la tarde. Me enfrento a ellos. Hago lo que puedo. Tal vez, si mato los suficientes…

—Te devolverán a tu hermano.

—No lo harán, ¿verdad?

Él meneó la cabeza.

—No lo creo. No sé gran cosa de ellos. No tanto como sabes tú, desde luego. Los vi una vez y me limité a huir de ellos, de cualquier lugar donde pudieran encontrarme. No sé, de algún modo supe que debía evitar la hierba, que fuera de ella estaría a salvo. Pero creo que no, que no te lo devolverán.

—Lo sé. Lo he sabido siempre. Pero… tengo que hacer algo. No puedo quedarme parada. Si me rindo… ellos no deben vencer, aunque yo no pueda ganar nunca. No puedo permitirlo.

Él soltó el aire poco a poco.

—He pasado aterrado todos estos años. Incapaz de aceptar lo que vi, y al mismo tiempo incapaz de negarlo. Y tú… tú les has estado haciendo frente desde que eras una niña. Eres la persona más valiente que he conocido.

Ella se encogió de hombros, incómoda ante el cumplido, ante la patente admiración en la voz de él.

—No. Solo estoy loca y soy una imprudente.

Él sonrió.

—Ojalá yo estuviera la mitad de loco o fuera la mitad de imprudente.

—¿Por qué los vemos? —preguntó ella de un modo brusco, impaciente por cambiar de tema. Había algo que sonaba apresurado en su voz, casi arisco—. ¿Por qué nosotros los vemos? ¿Y por qué recordamos?

—Buena pregunta. —Lo pensó unos instantes y ella comprendió que él no tenía ni idea de lo atractivo que estaba cuando adoptaba aquella pose meditabunda—. No lo sé. Aunque supongo que recordamos porque los vemos. O quizá sea al revés. Si esto fuera un cuento de ciencia ficción seguro que descubriríamos que somos sensibles a longitudes de onda del espectro que el ojo humano normal no percibe. Que somos —sonrió— mutantes.

—¿Y si fuera de fantasía?

—Bueno, eso es más fácil, incluso. Fuimos marcados en nuestra infancia por un misterioso poder superior. O por el destino.

—¿Y si fuera de… terror?

—Entonces… bueno, supongo que, en ese caso, en el momento mismo en que decidiéramos acostarnos seríamos atravesados con un machete por un psicópata inmortal con la cara cubierta por una máscara de hockey. —Hizo una pausa. Parecía nervioso—. Aunque yo correría el riesgo de buen grado.

—Pues ya somos dos.

* * *

El invierno moría lentamente en una primavera que no tenía ninguna prisa en llegar. Los días iban perdiendo su aspecto azul a medida que se volvían más cálidos.

En la Facultad, mantenían las distancias. Un saludo aquí, una sonrisa allá, media docena de palabras intercambiadas en una conversación banal…

Se veían en la librería. En la cafetería. En casa de él.

Nunca cruzaban el parque. Nunca se acercaban a la hierba.

No hablaban mucho del asunto.

De los hombres de césped. Los Jumping Grassmen.

Un día él dijo:

—He hablado con un par de amigos. —Ella lo miró con el ceño fruncido y se incorporó en la cama—. Tranquila, no les he dicho nada. Son gente que se interesa por los mitos y las leyendas. Así que solo les he preguntado si conocían alguna sobre unos tipos hechos de hierba y… bueno, les expliqué el asunto como si fuera algo que había oído por ahí.

Él seguía tumbado boca arriba. Ella se había sentado y abrazaba sus propias rodillas.

—Hay ciertas cosas, algunas historias que hablan de criaturas del bosque. Pero en realidad nada que se parezca a lo que hemos visto. No tiene sentido —añadió mientras meneaba la cabeza—. Es imposible que seamos los únicos que los han visto. Seguro que a lo largo de la historia alguien más… No lo entiendo.

—Porque al final, ganan siempre —dijo ella con amargura—. Devoran a aquellos que los han visto. Y el mundo los olvida, y al olvidarlos, olvida también lo que pudieron haber contado.

Él contuvo un estremecimiento.

—Uno de mis conocidos me contó una leyenda muy curiosa —dijo al cabo de un rato en un tono cuidadosamente neutro—. En realidad, no tiene nada que ver con los hombres de césped, pero en ella el héroe usa como arma lo que llama un «palo de lluvia». Según mi amigo, es una especie de bastón que se usa para invocar a la lluvia, así que usarlo como arma no parece tener ningún sentido. —Dudó unos instantes—. Pero, claro, un paraguas también es un palo de lluvia.

Ella no respondió. No parecía haber oído nada de lo que él había contado.

—A veces me gustaría poder olvidar —dijo de pronto.

Se echó a llorar. De un modo tranquilo, manso, casi imperceptible. Él la abrazó y se sintió como un completo inútil.

* * *

La primavera no tardó en dar paso a un verano extraño. Algunos días, el calor y la humedad volvían pegajoso el mundo. Otros, la temperatura descendía de repente y todo se volvía duro y frío, aunque el sol siguiera brillando en un cielo sin una nube.

El curso terminó. Con él, la necesidad de aparentar que eran dos simples conocidos que se saludaban, se cruzaban una mirada y seguían su camino.

No pasaban por el parque. Evitaban la hierba allá donde estuviera. Lentamente, dejaron de hablar del asunto.

Pero seguía ahí. Tras las preguntas no formuladas. Agazapado en miradas huidizas o en gestos reprimidos. Estaba en todas partes, acechándolos como un fantasma tozudo pero sutil que nunca asomaba del todo, pero no terminaba de irse jamás.

A veces él la oía hablar en sueños. Su cuerpo se convertía en esos momentos en una algarabía de manotazos y patadas mientras murmullos incoherentes llenos de Carlos y de Lidia se escapaban de su boca. Él la abrazaba en silencio y esperaba.

En agosto, la ciudad se convirtió en un pueblo fantasma en el que ellos parecían los únicos habitantes. Ellos y, por supuesto, aquello que nunca mencionaban.

* * *

—Voy a pasar por el parque.

Idiota. Estás loca. Eres más imbécil de lo que creía. Eres una… ¡Cállate!

La voz se calló.

—¿Estás segura? —preguntó él.

Ella asintió.

—Tengo que hacerlo. No puedo…

—Dejar que ganen, sí, aunque nosotros no podamos vencer. —Se lo pensó unos instantes—. Voy por un paraguas —dijo al fin.

—Pero tú no tienes…

—Sí, sí que tengo. Si vas, yo voy.

A su pesar, ella sonrió.

—Si el mundo va a olvidarnos, que nos olvide juntos —dijo él. Bajó la vista de repente y ella vio que se había ruborizado—. Lo siento, dentro de mi cabeza sonaba mejor, te lo aseguro.

—A mí no me ha sonado mal —dijo ella—. Para nada.

Se tomaron su tiempo, como si supieran que era la última vez que cada uno iba a sentir la piel del otro. Luego, armados con sus paraguas, salieron de la casa.

* * *

El parque estaba lleno de gente, pero no había rastro de los hombres de césped. Ella recordó la última vez que había pasado por allí, con Lidia, y se preguntó si se habrían dado por vencidos, si tras arrebatarle a su amiga se habrían quedado satisfechos.

Sabía que no.

Vas a morir, estúpida. O va a morir él. O vais a morir los dos. O yo qué sé, pero esto no es bueno, no lo es. Salid de aquí, volved a casa, follad como conejos. Largaos. Vais a morir. O lo va a hacer él, y será peor.

Pero no les hizo caso a sus voces. En aquel momento, no importaban. Iban cogidos de la mano, con el paraguas en la otra, preparados, en guardia como dos espadachines a punto de pasar una prueba mortal. Él caminaba de un modo agarrotado, con todo el cuerpo rígido, y mirando continuamente a los lados. Se agarraba a ella como si fuera lo único real en el mundo, y hasta respirar parecía costarle trabajo.

De pronto, ella le oyó recitar algo:

Beware the Jabberwock, my son!
The jaws that bite, the claws that catch!
Beware the Jubjub bird, and shun
The frumious Bandersnatch!

—No nos vendrían mal ahora un Bandersnatch o dos —dijo, al acabar.

Ella sonrió.

—O incluso un Jabberwock.

Siguieron caminando.

Estaban a mitad del parque cuando la hierba empezó a alborotarse a su alrededor. A los lados del camino de grava que recorrían todo se agitaba, se movía, parecía a punto de hervir y entrar en erupción.

Poco a poco, fueron saliendo. Uno tras otro. Verdes, vacíos, sonrientes. Inmóviles.

Al principio, él se detuvo, incapaz de seguir caminando. Luego, le apretó a ella la mano y continuó.

Un paso, otro más.

Los hombres de césped no se movían. Seguían saliendo del suelo, tantos que parecía imposible que hubiera sitio para todos. Salían y se quedaban allí, inmóviles, sonrientes, vacíos.

Un nuevo paso. El final del parque, visible al fondo, como una promesa.

Los hombres de césped empezaron a moverse. Solo un poco. Un ligero balanceo a un lado y a otro.

Otro paso más. Y otro.

Y, de pronto, empezaron a bailar, a saltar todos ellos, en una coreografía absurda y sin sentido que, sin embargo, resultaba hipnótica.

Siguieron caminando. Tranquilos. Sin apretar el paso.

El final del parque, más cerca.

Uno de los hombres de césped se preparó para dar un salto. El paraguas de ella lo convirtió en un montón de baba verde que se deshizo con rapidez.

Otro.

Otro más.

Con torpeza, sin estar seguro de lo que hacía, él atacó con el paraguas. Apenas pudo evitar un grito al ver caer a su objetivo.

—¡Ja! —exclamó.

—¡Se llamaba Carlos, cabrones, se llamaba Carlos! —gritaba ella.

De pronto él se descubrió gritando lo mismo y atacando como si fuera el mejor espadachín del mundo. Era el Cyrano de los paraguas. El D’Artagnan de los palos de lluvia. El azote de los hombres de césped. Era Íñigo Montoya y aquellos cabrones habían matado a su padre, que se preparasen para morir. Era Westley, y a su lado Buttercup machacaba a los malos sin compasión. Era Scaramouche, era el capitán Blood, era el Corsario negro y el puñetero Sandokán. Y junto a él estaba Bêlit, la diablesa con el paraguas, la Reina de la Costa Negra.

Se iban a enterar aquellos hombrecillos de hierba. Iban a saber lo que valía un peine.

El tiempo parecía haberse detenido a su alrededor. La luz se había convertido en algo sólido, palpable.

Los hombres de césped seguían saliendo.

Y seguían muriendo.

Uno. Otro. A tu izquierda. Delante. Detrás. Cámbiate de lado. Gira. Golpea. Ataca. No dejes de gritar.

Y, de pronto, los dos sintieron que resbalaban. Cayeron al suelo hechos una madeja en la que no eran capaces de distinguir de quién eran todos aquellos brazos y piernas.

Silencio.

A su alrededor no había más que silencio.

Se separaron con el corazón en un puño, se dieron la vuelta y vieron un ejército de hombres de césped ocupando todo el parque, totalmente inmóviles, contemplándolos.

Estaban junto a la salida, pero aún no completamente a salvo, con parte de sus cuerpos en la hierba y parte sobre la grava del camino.

Empezaron a retroceder. Se miraron. Se quedaron inmóviles.

En los labios de los hombres de césped, por primera vez, ella vio algo que no era una sonrisa. Y en sus ojos, algo distinto al vacío.

Rabia. Frustración.

¿Por qué no saltan? ¿Por qué no caen sobre nosotros y nos devoran?

Pero seguían inmóviles, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor.

Se está nublando.

Alzó la vista. El cielo, que había estado totalmente despejado hasta aquel momento, se cubrió de nubes grises y plomizas.

Va a llover. Se han parado porque va a llover. ¿Qué más da que llueva? ¿Por qué no se mueven? Porque va a llover. No digas tonterías, eso no tiene nada que ver. Qué importa que llueva. ¿Por qué no saltan?

Miró el paraguas que llevaba en la mano y recordó lo que él le había contado sobre aquella historia del palo de lluvia.

Sin saber por qué lo hacía, sonrió. Sonrió por primera vez mirando a sus enemigos.

—¡Carlos! —gritó—. ¡Lidia!

Él, perplejo al principio, estuvo a punto de preguntarle qué ocurría. En vez de eso, coreó su grito.

Los hombres de césped temblaron. ¿Rabia? ¿Miedo? No importaba, las dos cosas eran buenas. Cualquiera de las dos era buena, y las dos juntas, mucho mejor.

—¡Carlos! ¡Lidia! —gritaron los dos a la vez.

Empezó a llover.

Una gota en el rostro. Otra junto al pie. Otra algo más allá, entre el ejército de hombres de hierba que seguía inmóvil.

Una gota en uno de ellos. Y un agujero en su piel, un hueco humeante que lo hizo estremecerse.

Los cielos se abrieron de repente. La lluvia se convirtió en una cortina espesa, densa, que lo volvía todo irreal. Llovía con furia, con prisa.

Los hombres de césped temblaron, incapaces de escapar y, de pronto, se deshicieron en una gelatina verde y humeante que la lluvia no tardó en limpiar.

Solo entonces se pusieron de pie y miraron a su alrededor. La gente buscaba un refugio para la lluvia. Unos pocos los miraban como si estuvieran locos, pero no les importaba demasiado.

Al fin y al cabo, quizá tuvieran razón. Tal vez estaban locos.

Jadeantes, se miraron. Ninguno de los dos se había sentido nunca tan vivo.

—¿Ha acabado? —preguntó él.

Ella miró hacia el parque vacío. Negó con la cabeza.

—No lo creo. —Se encogió de hombros—. Pero no importa.

Sonrieron. Miraron los paraguas en sus manos. Él hizo ademán de abrir el suyo, pero ella lo detuvo.

—Qué más da —dijo.

Él asintió.

—Palos de lluvia —murmuró.

—Palos de lluvia —repitió ella.

Dieron media vuelta y volvieron al parque. Pasearon por él a su antojo, pisando la hierba sin preocuparse, mientras la lluvia seguía cayendo a su alrededor y limpiaba el mundo para ellos. El parque estaba vacío y les pertenecía.

Al menos de momento. Hasta la próxima vez, quizá.

POSTDATA

«Hombres de césped» debe su existencia a un sueño de mi amiga Marina sobre unas criaturas hechas de hierba que se ponían a bailar y luego se deshacían en confeti. Aunque no había nada terrorífico en el sueño, cuando decidí usar la idea (tras pedirle permiso) el relato que salió de mis dedos acabó teniendo ciertos elementos de fantasía oscura. No es demasiado raro que fuese así, conociéndome un poco.

Se publicó por primera vez en Dados cargados, una recopilación de mis relatos cortos que apareció en Cazador de Ratas allá por 2017. El libro tenía la particularidad que cada relato iba precedido de un prólogo escrito por algún colega. En concreto, «Hombres de césped» fue prologado por Elia Barceló, quien ha sido lo bastante amable para permitirme reproducir aquí sus palabras:

Una de las mejores cosas que tiene ser escritor es que, antes de serlo, has pasado muchísimo tiempo siendo lector, y entonces llega un momento en que, de repente, te das cuenta de que eres las dos cosas y eso te permite sacar de un texto que te gusta la chispa que te lleva a escribir uno tuyo. Nada surge de la nada. Todos los escritores tenemos nuestro peldaño en la inmensa escalera de la literatura: nos apoyamos en los precedentes, construimos el nuestro y los que vienen detrás se apoyan en nosotros para seguir subiendo. Exactamente lo mismo que hacen todo tipo de artistas. No hay más que ver la ilustración de Tenniel a la que se alude en el cuento que acaban de leer para darse cuenta de que todos los «San Jorge y el dragón» que hemos admirado a lo largo de la historia están contenidos y reinterpretados en ella.

En «Hombres de Césped», Rodolfo Martínez nos ofrece un perfecto ejemplo de esta dinámica: a partir del texto del Jabberwocky y de la ilustración de Tenniel para Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll, construye un relato que va mucho más allá. Un relato en el que, dentro del mundo de todos los días, aparece una amenaza tan fantástica como real. Y letal.

Hay momentos a lo largo del cuento que recuerdan también a Stephen King, tanto por el uso de la lengua —un logrado equilibrio entre el registro coloquial, y hasta vulgar, con el registro culto que usa el narrador— como por la captación de la vida cotidiana de una ciudad que nunca se nombra pero que podría ser cualquiera de las que conocemos.

Es un relato de terror que a la vez se puede leer como relato de conciencia ecológica y como homenaje a los grandes maestros ingleses y a la literatura en general. Es también una declaración de amor a la lengua, a las palabras que crean la realidad literaria y con su poder de resonancia hacen que los lectores veamos y sintamos más de lo que parecería posible, teniendo en cuenta que no contamos ni con ilustraciones, ni con música de fondo, ni con efectos especiales. La capacidad fabuladora de Rudy y la imaginación de quien lee, combinadas, son capaces de hacer que estos hombres de césped sean tan reales como cualquier dama burguesa atrapada en un conflicto pasional en una de las grandes novelas decimonónicas. Y eso sucede porque Rodolfo cree lo que cuenta, porque no se limita a cumplir con las expectativas del género que ha elegido para cada historia —estamos hablando de un escritor tan prolífico como versátil—, sino que entra totalmente en la piel de esa historia y de sus personajes de manera que los lectores no dudamos ni por un momento de lo que nos está contando, incluso cuando es algo que desafía toda nuestra experiencia del mundo, como hace el buen fantástico de la denominación que sea.

Hombres de césped es un cuento en el que se nos muestran dos habitats, dos bosques, dos mundos; y no me refiero solo al de los parques y el de la ciudad, sino al de la naturaleza y al de la literatura. Las referencias literarias (y cinematográficas) son constantes y van creando poco a poco la impresión de una jungla que nos rodea, igual que los árboles, la hierba y sus extraños habitantes. En ambos lugares nos espera el riesgo, el peligro y una posible salvación. En ambos tenemos la esperanza de encontrar el amor, la solidaridad, el triunfo. También la muerte está siempre presente, y el olvido, que es lo más terrible. Si vencen los hombres de césped, las personas serán olvidadas: sus vidas, sus actos, sus amores. ¿Es la naturaleza nuestro enemigo? ¿Nos destruirá al final? ¿Cubrirá la hierba el recuerdo de nuestra existencia? Es una forma de leer la historia, pero no la única. Cada lector tiene la suya o varias posibles.

Yo me quedo con la eterna lucha de una pareja, de dos seres unidos por el amor y la literatura, contra lo que destruye y borra los recuerdos; la lucha contra la entropía, contra el olvido, contra la muerte. Lo más humano que hay. Y para cerrar el círculo que he abierto al principio, no me resisto a añadir que, después de leer este cuento, hubo una frase que se me quedó dentro, dando vueltas, hasta que plantó su semilla y ha acabado convertida en un relato con el que he intentado responder a la pregunta que me surgió en la lectura. Unos cuentos llevan a otros, unos escritores dialogan con otros a través de la distancia, del tiempo, de los géneros, en la verde, verde selva de la literatura. Gracias, Rudy. Por supuesto, mi cuento va dedicado a ti.

Elia Barceló

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