CANTANDO Y BAILANDO (NO NECESARIAMENTE BAJO LA LLUVIA)

Soy fan desde el cine musical desde que tengo memoria. No tengo la menor idea de cuándo me aficioné a él, pero tuvo que ser muy joven, porque no recuerdo una época en que no me gustara. De hecho, la sensación que tengo es que mis géneros cinematográficos favoritos (además del musical habría que mencionar el western y el cine fantástico) han estado conmigo siempre, desde mi nacimiento. Evidentemente, eso es falso, pero soy incapaz de recordar en qué momento vi mi primera película.

Al grano.

Me encanta el musical, como digo, pese a que quizá es el género más inverosímil de todos. Más incluso que la fantasía épica, porque al fin y al cabo esta se desarrolla en un universo donde las leyes físicas permiten la existencia de lo que para nosotros son criaturas sobrenaturales y ciertas técnicas que consideramos magia. Pero el musical se desarrolla, normalmente, en lo que parece ser nuestro propio universo, con la diferencia de que la peña, sin motivo aparente, se pone de pronto a cantar (y a veces a bailar) expresando en voz alta y musicalmente sus emociones.

Podríamos considerar, entonces, que el musical es un subgénero del fantástico (como muy bien supo ver Joss Whedon en Buffy) que tiene lugar en un universo muy parecido al nuestro pero en el que existe una misteriosa quinta fuerza fundamental que hace que las personas se pongan a cantar y a bailar en elaboradas coreografías en momentos emocionalmente intensos.

Aclaremos, ya que estamos, que distingo entre el cine musical (Cantando bajo la lluvia, por ejemplo) y las películas no musicales en las que, ocasionalmente, a alguien le da por cantar una canción (casi cualquiera de Disney). El primero me encanta, el segundo normalmente, no. De hecho, muchas pelis de Disney me gustan a pesar de las canciones, no precisamente gracias a ellas. Supongo que es una distinción subjetiva y arbitraria, pero así funciona mi mente, qué le vamos a hacer.

¿Por qué me gusta el cine musical? Ni idea. No lo sé. Nunca me he parado a analizarlo. Simplemente conecto con él, entro por sus reglas, suspendo la incredulidad sin problemas y me funciona narrativamente.

A continuación voy a detallar brevemente algunos de mis musicales favoritos explicando un poco por qué lo son. Es una selección subjetiva, personal e intransferible, por supuesto.

CANTANDO BAJO LA LLUVIA

La primera en mi ranking personal. Básicamente es el musical perfecto. Grandes números, estupendas canciones, coreografías maravillosas arropando una trama de cine dentro del cine (cuenta un poco «a su manera» el paso del mudo al sonoro) llevada con un ritmo maravilloso y que funciona como comedia, como historia de amor y como película de época.

Y encima una de los tres protagonistas es la madre de la Princesa Leia, qué más se puede pedir.

Lo tengo difícil para elegir un número musical favorito. Me encanta el de la clase de dicción («Moses supposes his noses are roses, but Moses supposes erroneously»), el de Donald O’Connor defendiendo la comedia («Make ’em laugh, make ’em laugh, everyone wants to laugh, make ’em laugh») y, por supuesto, ese maravilloso canto de optimismo que se marca el trío protagonista justo al final del segundo acto, cuando la noche más negra parece caer sobre ellos («Good morning, good morning; it’s great to stay up late, good morning, good morning to you»).

Todo en la película funciona maravillosamente bien, hasta el histrionismo acartonado de Gene Kelly (afrontémoslo, era un bailarín y un coreógrafo maravilloso, pero como actor dejaba bastante que desear), que le va que ni pintado a su personaje, actor de cine mudo.

Sé que normalmente, cuando alguien habla de la mejor película de Kelly menciona Un americano en París, pero mí me parece sobrevalorada y pretenciosa. Cantando bajo la lluvia es, simplemente, perfecta.

Y además, cuando acaba te quedas con una enorme sonrisa de imbécil en el rostro. ¿Se puede pedir más?

MOULIN ROUGE

A Baz Luhrmann le suelen llover palos por todas partes, porque se lo considera excesivo y chillón, pero a mí me funciona. Ya me funcionó en su día en Romeo + Julieta, y me funciona especialmente en Moulin Rouge.

La he puesto la segunda, tras Cantando bajo la lluvia, pero muy bien podría estar a su misma altura. Comparte ciertos elementos en común con la peli de Kelly/Donen, como el hecho de que todas las canciones de ambas películas, salvo una, existían previamente. Y las dos, cada una a su manera, representan cimas en una forma muy concreta de entender el musical que es la que a mí me va, por encima de cualquier otra.

La diferencia es que Moulin Rouge es una película posmoderna, muy consciente de su condición de musical y que juega continuamente con las reglas del género. Y debo decir que juega con ellas muy bien.

Tiene uno de los mayores espóilers de la historia del cine (ese «The woman I loved is dead» con el que prácticamente arranca la cinta) y consigue no solo que no nos importe, sino que esperemos que de algún modo mágico las cosas se arreglen y se produzca un final feliz. No es así, claro. No hay trampa en la película: a pesar de los toques de comedia que se suceden a lo largo del metraje esta es una historia de amor trágica y solo puedo acabar en muerte.

Tiene algunos de los mejores números musicales que he visto en pantalla y tiene, además, el mejor versionado de canciones que jamás he oído. Su Like a Virgin es desternillante, el tango que crea a partir del Roxanne de The Police, es crudo y descarnado y su versión de The Show Must Go On de Queen pone directamente los pelos como escarpias y te deja el corazón en un puño. Ewan McGregor y Nicole Kidman están en estado de gracia, arropados por un reparto que parece haber nacido para esos papeles. Mención especial merece el Tolouse Lautrec de John Legizamo y el modo en que a base de pequeños detalles y un par de miradas nos muestra con claridad que está enamorado del Christian que interpreta McGregor.

Si cuando acabo Cantando bajo la lluvia estoy con una sonrisa de oreja a oreja, tras ver Moulin Rouge quedo de un ánimo melancólico. Para mí es una película para el otoño, para ver con tranquilidad arropado entre mantas mientras llueve al otro lado de la ventana y el mundo se desdibuja un poco a medida que atardece.

YENTL

Ya he hablado de ella aquí mismo, así que no me repetiré. No mucho, en todo caso. Una historia excelente, algunas de las mejores canciones que ha cantado Barbra Streisand y varios subtextos interesantes sobre la ruptura de lo heteronormativo que siguen vigentes a día de hoy. Quizá más que en la fecha de su estreno.

ALL THAT JAZZ

Sí, se supone que la obra maestra de Bob Fosse es Cabaret. Y seguro que, en efecto, así es.

Pero All that Jazz ocupa un lugar especial en mi corazoncito y siento con ella una conexión emocional que la otra película no me produce, lo siento.

Desde el mismo arranque de la película, en la que el protagonista habla con la Muerte como si fuera su amante (y menuda Muerte, nada menos que la maravillosa Jessica Lange), hasta el enloquecido número final donde el Bye, bye Love  de Simon & Garfunkel se transforma en un desenfrenado Bye, bye Life, la película es básicamente una ventana a la mente de Fosse. No solo por todo lo que tiene de autobiográfica (que tiene mucho) sino por el modo en que refleja sus obsesiones y especialmente su faceta más egocéntrica y autodestructiva. Toda la película podría considerarse, en cierto modo como una confesión o una sesión de psicoanálisis (suponiendo que no sean lo mismo) y, al mismo tiempo, una especie de testamento artístico.

Al contrario que en las películas anteriores, aquí los números musicales tienen lugar de un modo realista, salvo el último, en cierto modo, que transcurre por completo en la mente agonizante del personaje protagonista. Es la historia de un coreógrafo y director de cine, así que cuando la gente se pone a cantar o bailar en la película lo hacen porque están ensayando para una obra o por motivos igualmente válidos en el mundo real.

Mención aparte merece el número Take Off With Us, lleno de una sensualidad apabullante donde Sandahl Bergman (sí, la Valeria de Conan el bárbaro) capitanea un reparto heterogéneo tanto en lo racial como en lo sexual que compone una secuencia sugerente, repleta de erotismo. Está coreografiada de un modo brillante, como no podía ser menos, y está filmada, además, de una forma casi minimalista, sin apenas decorado, solo los bailarines en sus leggins y tops y poco más (y, al cabo de un rato, ni eso), en un juego sugerente de luces y sombras que añade nuevos elementos de erotismo al número.

Para mí, una de las grandes secuencias de la historia del cine. Así, sin más.

THE BAND WAGON

Y termino con este musical clásico y casi crepuscular, coprotagonizado por un Fred Astaire convertido en pura elegancia y una Cyd Charisse que está, simplemente, maravillosa. Confieso que siempre he tenido debilidad por ella (su brevísima aparición en Cantando bajo la lluvia es uno de los grandes momentos de la película) y siempre me dio rabia que no tuviese una carrera más prolífica. Era una bailarina extraordinaria (Gene Kelly confiesa que era su pareja de baile favorita) y siempre tuve la sospecha de que no le daban más papeles porque a los productores les parecía demasiado alta y, ya se sabe, no vas a tener una protagonista femenina que le saque la cabeza a su contrapartida masculina.

Como sea, The Band Wagon es, de nuevo, una de esas películas que te reconcilian con la vida, además de ser un canto de amor por el entretenimiento puro y duro, por el teatro y el drama, por las historias emocionantes bien contadas. Es una comedia amable y divertida, sin grandes conflictos y que se desliza de una forma tranquila hacia un final que, no por previsible, es peor. Los distintos momentos musicales están entre lo mejor que han hecho tanto Astaire como Charisse, especialmente el número final con ese aroma de film noir, deliberadamente petado de clichés enhebrados con suma habilidad en la coreografía de la escena.

Aunque confieso que mi escena favorita es esa en la que ambos pasean por un Central Park de cartón piedra y se marcan uno de los bailes más elegantes y románticos de la historia del cine.

Y, por supuesto, está la canción That’s Enterteinment, cuya letra no me resisto a citar y que me parece una de las mejores definiciones y declaraciones de lo que son las artes narrativas:

The clown
With his pants falling down
Or the dance
That’s a dream of romance
Or the scene
Where the villain is mean
That’s entertainment!

The plot
Could be hot
Simply teeming with sex
A gay Divorcee
Who is after her ex
It could be Oedipus Rex
Where a chap kills his father
And causes a lot of bother.

The doubt
While the jury is out
Or the thrill
When they’re reading the will
Or the chase
For the man with the face
That’s entertainment!

¿Hay más? Claro que sí, un montón más. Pero esas son las cinco primeras películas que me han venido a la mente ahora. Y son, por otro lado, las que me más me gusta revisitar.

Seguro que cada uno tiene sus propios favoritos, así que adelante, por qué no, compartámoslos.

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