INVENTANDO IDIOMAS

Como en muchos otros casos, el culpable fue un señor inglés y católico llamado John Ronal Reuel Tolkien. Como ya he contado en otra parte, a eso de los quince años me puse a escribir mi propio Señor de los Anillos. Y, como parte del proceso (en el que me tiraría unos dos años y pico) lo que hice fue crear un lenguaje y su alfabeto correspondiente. (También dibujé un mapa, por supuesto, y escribí leyendas y crónicas y poemas contando el pasado del escenario donde se desarrollaba la novela, pero eso es otra historia.)

Fue un solo lenguaje al que llamé (no os riáis, por favor) «duendil». Que, lo habéis adivinado, lo hablaban los duendes.

No recuerdo mucho de él, aparte de que tenía una cierta inspiración del latín en la gramática y que la fonética y la terminología eran más romances que anglogermánicas. En su momento creé un glosario, por supuesto, un esbozo de gramática y morfología (o lo que podía entender por tal a mis quince años) y también diseñé un alfabeto. Creo recordar (aunque teniendo en cuenta lo mucho que le gusta mentir a la memoria es posible que no sea cierto) que llegué a componer un poema completo —no muy largo— en duendil. Y luego lo «traduje» al castellano.

Todo eso se ha perdido. Conservo parte de la novela, aquella que llegué a mecanografiar. Por ahí anda en alguna carpeta de anillas. Y conservo varias versiones de los mapas que dibujé. Pero del lenguaje inventado no ha sobrevivido nada. En realidad todo el material manuscrito que nunca llegué a pasar a máquina se ha perdido, salvo los mapas.

Tampoco se ha perdido gran cosa, siendo sinceros. Por un lado porque no creo que tenga interés para nadie que no sea yo mismo en esos momentos en que me puede dar por, usando un anglicismo salvaje, hacer un recorrido por el callejón de la memoria. Vamos, tener un ataque de nostalgia en román paladín. A la taza, por supuesto.

(Sí, sé que es «román paladino», pero entonces no podría haber hecho el chiste. Porque era un chiste, lo juro.)

En cualquier caso no volví a intentar crear un idioma durante muchos años. Supongo que porque, por algún motivo asociaba la idea de los lenguajes imaginarios con la fantasía, y la mayor parte de lo que escribí en los ochenta y los noventa era ciencia ficción. Sí, lo sé, la asociación es estúpida, pero no podía evitarla. Culpad a Tolkien de nuevo.

No fue hasta El jardín de la memoria, la tercera entrega de la saga iniciada con El adepto de la Reina, que volví a intentar crear un idioma. Fue un esbozo muy sencillo, basado fonética y gramaticalmente en el japonés. El honoyés, que así se llamaba, no tuvo desarrollo más allá de eso y salvo por una o dos frases y unas dos docenas de palabras aisladas que salpicaron esa novela y la siguiente, ahí murió.

Sin embargo, en cuanto empecé a escribir La simiente de la Esquirla supe que iba a desarrollar no uno, sino varios idiomas. No me preguntéis por qué tomé esa decisión. Simplemente estuvo claro en mi cabeza desde que me puse a escribir las primeras páginas.

Acabé creando cuatro (que luego fueron cinco, como ya veremos), con distintos niveles de detalle y con sus correspondientes alfabetos. Esto último no fue algo que decidiese en un primer momento. Sí que quería crear un alfabeto para el qanramí, que funciona como lingua franca en Duniya, pero nunca me planteé crear sistemas de escritura para todos los idiomas. Sin embargo, por uno de estos azares, encontré una herramienta online que permitía crear fuentes a partir de diseños propios, lo cual me facilitaba bastante la tarea. Así que finalmente creé no solo el alfabeto qanramí (dos distintos, en realidad), sino también el tegnekar, el tembelí y el yajimaro.

A continuación hablo un poco de cada uno de estos idiomas. De paso, para que os sea sencillo tener claro dónde se habla cada cosa, reproduzco aquí el mapa de Duniya:

TEGNEKAR

Es el idioma que se habla en el archipiélago de Elantegnek y en las islas de Gekerf. Su inspiración primaria, en cuanto a fonética, fue germánica: fundamentalmente el alemán, pero también el afrikans y el holandés. Su gramática era una simplificación de la gramática latina, incluido el hecho de que tiene declinaciones.

¿Por qué alemán? No sé. Simplemente me encajaba que los habitantes de una megalópolis con tecnología avanzada hablasen algo que sonaba parecido al alemán. Fue el primer idioma que diseñé para la novela y, pese a que casi la primera mitad de La simiente de la Esquirla transcurre íntegramente en la isla de Volkenskap en el archipiélago de Elantegnek, los ejemplos de tegnekar que el lector verá en la novela se limitan a palabras sueltas: nombres propios, por supuesto, pero también algunos nombres comunes, como las farsehende, los vehículos de dos ruedas que usa la Inquisición, o el afguss, una infusión parecida al café que suelen beber los tegnekares.

Las únicas frases completas que el lector encontrará en la novela escritas en tegnekar lo están tanbiem en su correspondiente alfabeto:

Lo que dice ahí, más o menos, es que el respeto a la verdad es la base de todo sistema ético. Frase que ha sido ninguneada, ridiculizada y puesta en solfa una y otra vez a lo largo de la historia humana por diversos sistemas éticos, políticos y religiosos; muchos de ellos sumamente exitosos, por cierto.

Como veis, el alfabeto tegnekar está lleno de aristas y de curvas, una decisión totalmente deliberada. Quería un sistema de escritura que fuese, en cierto modo, agresivo. Y creo que el tegnekar transmite muy bien esa idea.

La mayor diferencia con nuestra forma de representar por escrito una lengua, asignando un signo a cada sonido consonante y otro a cada vocal, es que en tegnekar no existen símbolos para representar a estas últimas, algo que es frecuente en ciertos antiguos sistemas de escritura como el fenicio o el hebreo. No existe diferenciación entre las vocales y, por tanto, no se considera necesario representarlas.

Nos puede sonar raro, pero no lo es tanto. En castellano usamos el mismo signo para representar distintas vocales, aunque no seamos conscientes de ello: para nosotros una «a» corta, larga, abierta o cerrada se escribe exactamente igual y la consideramos la misma letra, mientras que otros sistemas de escritura las tratan de forma distinta. Y a menudo existen sonidos intermedios entre las cinco vocales «canónicas» que, sin embargo, se representan como una de ellas. El no representar nunca las vocales no es más que un paso extremo en esa dirección.

Ojo, eso no quiere decir que todas se pronuncien igual. No implica que el tegnekar sea, por ejemplo, un idioma que solo tiene «is». Lo que quiere decir es que, aunque las diferencias de pronunciación existen, no se recogen por escrito y el lector las interpola mentalmente cuando lee. Evidentemente, para eso tiene que conocer la palabra. ¿Y qué pasa con dos palabras con las misma consonantes y distintas vocales? ¿Cómo distinguimos entre «mercado» y «marcada», por ejemplo?

Bueno, hay una cosa que se llama contexto y que es muy útil en estos casos.

(Y sí, esto es una puyita a los talibanes del «sólo» con tilde. Cada vez que los oigo llorar porque entonces por escrito no se va a diferenciar un «solo» del otro, mi respuesta es: ¿y cómo los diferencias en voz alta, grandísimo cenutrio? ¿Haciendo un gesto de «acento» con la manita? ¿O será que tal vez procuras expresarte en voz alta de forma que quede claro cuándo usas uno o el otro? Y, claro, por escrito no puedes hacer eso mismo sin ayuda de una tilde. Venga, Lo Pan, no será por eso.)

Sí que se marca la existencia de vocales cuando hay más de una seguida o cuando la palabra empieza o acaba por una de ellas. En el ejemplo que os puse más arriba se ve el último caso: las dos primeras palabras acaban en vocal y eso se ha marcado mediante un carácter especial, esa especie de tilde.

QANRAMÍ

No fue realmente el segundo idioma que creé, pero para ser un poco estructurado he preferido ir analizando las distintas lenguas según una secuencia geográfica, empezando por el oeste, el archipiélago de Elantegnek, y finalizando por el extremo oriente, Yajim.

Así que le toca el turno al qanramí, que es la lengua hablada en la mayor parte de los países del continente. De hecho, incluso allí donde no es lengua materna, es usada y conocida por las clases cultas, ya que funciona como lingua franca de Duniya, como el griego koiné y el latín en el pasado o el inglés hoy en día.

La fonética del qanramí está inspirada en el árabe, un idioma que tengo la sensación de que ha sido muy poco usado en la ficción fantástica y siempre me pareció una pena. Me encanta la sonoridad del árabe, y adoro que el castellano esté perlado de maravillosas palabras de origen árabe: almuzara, zócalo, alcázar, ojalá, mazmorra, tabique, daga, mezquino, tarima, zoquete…

Ahhh, zoquete. Qué gran palabra. Habría que usarla más a menudo.

Así que decidí que el qanramí sonase a árabe. No solo eso, sino que el primer esbozo de gramática que realicé estaba inspirado en el árabe. Eso fue evolucionando con el tiempo y sufrió un cambio considerable cuando mi amigo Juanma Barranquero subió a bordo y decidió (os juro que no tuve nada que ver… bueno, quizá lo tenté un poco) desarrollar el qanramí hasta sus últimas consecuencias. Nunca le estaré lo bastante agradecido por ello.

(De paso, me encantó verlo dar los pasos iniciales. Por ejemplo, deducir, a partir de las palabras qanramíes que yo había creado, las normas de pronunciación del idioma e incluso ciertos elementos de conjugación verbal o de construcción de adposiciones. Es un proceso fascinante. Al menos, para mí lo fue.)

El qanramí original se ha ido fragmentando en diversos dialectos y versiones que han sufrido contaminación por parte de los otros idiomas en los que se ha ido entrando en contacto. Existe sin embargo lo que se llama qanramí clásico, que es una idealización del lenguaje original y que es lo que se usa, más o menos, como lengua común entre los distintos pueblos de Duniya.

Evidentemente creé un alfabeto para el qanramí. De hecho, fue el primer alfabeto que creé.

Hubo un primer intento bastante tosco que, sin embargo, decidí mantener como sistema antiguo de escritura (y que, luego, sería usado por los tamashiles cuando escribieran en su propia lengua, que originalmente carecía de sistema de escritura, pero de eso hablaremos más adelante).

El segundo intento fue mucho más satisfactorio. Aún hubo que pulir ciertos detalles, algunos caracteres cuyo estilo no terminaba de encajar con el resto, pero en lo básico ese fue el sistema moderno de escritura del qanramí. Por desgracia, no veréis ningún ejemplo en La simiente de la Esquirla, así que he decidido mostrar el siguiente, que aparecerá en el segundo volumen, El verde entre las sombras:

Intenté crear un sistema de escritura fluido, orgánico. De hecho, dado que la herramienta para generar una fuente que pudiese usar el ordenador me lo permitía, hice que ciertas letras pudieran solaparse unas a otras, algo que se ve en el ejemplo. Se trata de una inscripción que hay a la entrada de la ciudad de Mahat dui Jahram, que saldrá en El verde entre las sombras, y que dice, en qanramí:

Nadabán auaqea-duy alrayí-fi tyanib taqiaan-duy.

Que viene a significar:

Tu lógica se queda a las puertas, junto a tu esperanza.

El por qué de tan enigmática expresión lo sabréis en su momento.

En este caso el sistema de escritura es similar al nuestro, en el sentido de que los caracteres representan tanto vocales como consonantes. Incluso hay una marca para el acento gráfico. En este caso un circulito que se pone en alguna parte dentro de la letra correspondiente. Lo podéis ver en la primera y la tercera palabras de la inscripción.

TEMBELÍ

El idioma que se habla en la isla de Iratembe está inspirando, en su fonética, en el tupí-guaraní que se habla, entre otras partes, en ciertas comunidades nativas de Brasil. Había usado inspiración europea (germánica, concretamente) para el tegnekar, árabe para el qanramí, suajili para el yajimaro y, tal como veremos más adelante, japonesa para el tamashil. Quería algo distinto y no tardé en darme cuenta de que aún no había usado ninguna lengua americana. Mi primera idea fue acudir a alguna lengua hablada por los indios de las praderas norteamericanas, pero luego recordé La enseña del Elefante y el Guacamayo, de Christopher Kastensmidt, que estaba traduciendo para su publicación, y que se desarrollaba en el Brasil del siglo XVI. ¿Por qué no usar el tupí-guaraní, me dije? Tenía una sonoridad interesante y podía dar juego.

Así nació el tembelí. Su gramática, por otro lado, está inspirada en el inglés, especialmente en la idea de que las frases tienen una estructura muy rígida que no se suele cambiar (al contrario que el castellano, por ejemplo, donde podemos poner las palabras casi en cualquier orden y queda una frase inteligible sin problemas).

En cuanto al alfabeto, decidí basarme en el coreano. Era una decisión difícil, porque el sistema de escritura de Corea, si bien se parece al nuestro en el sentido de que representa sonidos y no conceptos y tiene signos tanto para vocales como para consonantes, es al mismo tiempo muy distinto. En occidente escribimos de forma que podríamos definir «lineal», en una sola dimensión: a lo largo. Todas las letras de una palabras están a la misma altura, forman una hilera. En coreano no es así y en realidad las palabras crean grupos, figuras. Me gustaba esa idea, pero me resultaba casi imposible de replicar con la herramienta de creación de fuentes, así que necesitaba crear unos caracteres que pudieran sugerir algo parecido y que, llegado el caso, si algún día puedo desarrollar más el alfabeto, pudiesen usarse de ese modo.

Hay varios ejemplos en La simiente de la Esquirla, aunque este está sacado de El verde entre las sombras y dice algo sobre no poner todos los huevos en una misma cesta (akubana na-te sukoni javajeru yarai-opikaru):

TAMASHIL

Lo gracioso de todo esto es que la isla de Iratembe se llamó originalmente Tamashi y su idioma era el tamashil, de inspiración japonesa, como también lo era la sociedad que usaba tal idioma. El motivo del cambio ya lo he comentado por aquí, así que no ahondo en él.

En cualquier caso, una vez decidido que la isla se llamaría Iratembe y que hablaría un nuevo idioma, me pregunté qué podía hacer con el tamashil. Me daba rabia no usarlo. Me gustaba y no quería desecharlo sin más.

Así es como nace la nueva versión de Tamashi, no ya una nación independiente, sino una región un tanto peculiar dentro de Alqufar. Los tamashiles no aparecen en La simiente de la Esquirla y son mencionados de pasada en El verde entre las sombras. No séra hasta el tercer volumen, El festival de la carne trémula, que se cuente su historia con algo de detalle y que las personas que allí habitan, al menos una de ellas, cobre relevancia para la novela.

Cuando en Iratembe pasaron a hablar tembelí, este idioma le robó el alfabeto al tamashil, así que me vi en la tesitura de tener un lenguaje sin sistema de transcripción. Estaba a punto de diseñar uno nuevo cuando se me ocurrió la idea de que entre las peculiaridades de los tamashiles estuviera la de no tener sistema de escritura. Cuando llegan a Alqufar y se asientan en lo que luego se llamaría Tamashi, adoptan como propio el antiguo alfabeto qanramí, en desuso en casi todas partes.

He aquí un ejemplo:

¿Qué dice ahí? Pues exactamente lo mismo que en la inscripción en qanramí que os puse algo más arriba. Si el alfabeto os recuerda, aunque sea un poquito, al hebreo, entonces he tenido éxito en lo que pretendía.

YAJIMARO

Por último está Yajim, un país del que muy poco se sabe. Llevado por un impulso, decidí basar fonéticamente el yajimaro en el suajili. En cuanto a su gramática quise hacerla lo más sencilla posible y, al mismo tiempo, sumamente alambicada. Aunque podéis leerlo en más detalle en uno de los enlaces que encontraréis en la cabecera de la página, os lo copio aquí para que no tengáis que molestaros en pinchar en ellos:

Carece por completo de aposiciones y de desinencias. La mayoría de las palabras se construyen por acumulación de otras preexistentes y su gramática es sumamente sencilla. Es un idioma sin sinonimia, polisemia ni homofonía de ningún tipo, fenómenos todos que irritan sumamente a los yajimaros cuando los descubren en idiomas extranjeros. Si algo odian en Yajim es la falta de precisión.

La sencillez del yajimaro es más aparente que real. Las carencias que parece tener en léxico y gramática son suplidas por la entonación. De hecho, existen al menos veintisiete modos distintos de entonar la misma palabra; en función de su entonación, tal palabra se comportará como un nombre, un adjetivo o un verbo, tendrá género femenino, masculino o neutro, será singular o plural, se comportará como el sujeto de la oración o su complemento

Para complicar aún más la madeja, hice lo mismo con el sistema de escritura. El yajimaro solo tiene cinco símbolos, que son una representación estilizada de las cinco bases nitrogenadas que se pueden encontrar en las moléculas genéticas (adenina, guanina, citosina, uracilo, timina). Estos símbolos se combinan de muy diversas formas, incluso en tres dimensiones, lo cual convierte el sistema de escritura yajimaro en bastante complejo. Además, la misma «palabra» puede variar enormemente en significado en función de aquellas que la rodean.

¿Os hacéis una idea? Yo tampoco, realmente. No alcanzo a imaginar cómo puede ser escribir o leer en yajimaro. Pero mola, qué narices. De hecho, de todos los pueblos y sociedades que creé en El hueco al final del mundo, Yajim es mi segundo favorito, justo por detrás de Nabati-Madi, pero de eso ya hablaremos otro día.

Os pongo un pequeño ejemplo, tomado también de El verde entre las sombras (en La simiente de la Esquirla se menciona Yajim varias veces pero solo se ve fugazmente en el prólogo):

Esto es simplemente el nombre de una persona, Tumai no Kif. Imaginaos cómo será escribir «Hola, hace una hermosa mañana para pasear por la playa.»

PARA ACABAR…

No sé a cuántas de las personas que habéis leído esto (si es que habéis llegado al final) os parece interesante o no. A mí siempre me han fascinado los idiomas y los sistemas de escritura y El hueco al final del mundo me ha permitido sacar a pasear al friqui de la filología que llevo dentro (también me ha permitido muchas otras cosas, pero eso ya lo iremos viendo), pero confieso que no sé hasta qué punto a la mayoría de lectores estas cosas les pueden interesar o les parecen aburridas.

Supongo que si habéis llegado hasta el final es porque pertenecéis al primer tipo. Y espero que seáis un montón, evidentemente. Aunque me conformo que haya alguien.

En cualquier caso, que la Divina Incertidumbre que rige los destinos del mundo os sea propicia. ¡Iljá Alyajin!

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