HACE MUCHO TIEMPO…

A continuación rescato un artículo que escribí y publiqué en mi otra web, Escrito en el agua, allá por 2005. El tiempo transcurrido desde entonces no me ha hecho cambiar de idea.

Han sido veintiocho años de mi vida.

Por aquel entonces tenía doce y, de camino al colegio, pasaba junto a un cine donde se exhibía una cartelera y varias fotos promocionales de una nueva película que, eso decían, estaba haciendo furor por todas partes. La película era La guerra de las galaxias y las imágenes que todos los días me encontraba al salir de casa me hablaban de naves espaciales, planetas distantes, robots relucientes y batallas increíbles. La curiosidad me consumía: ¿estaría aquella película a la altura del aspecto que tenía?

Salí pronto de dudas. Y no, la película no estaba a la altura de su aspecto: estaba mucho mejor. Nunca en mi vida había visto nada como aquello, y nunca lo volvería a ver.

No, no estoy exagerando. Es cierto que, con el tiempo, vería películas de ciencia ficción muy superiores a aquella (de hecho, tres años más tarde comprendería que el mito de «nunca segundas partes fueron buenas» no era más que una frase hecha, al ver El imperio contraataca) tanto en guión como en interpretación, en dirección o, simplemente, en efectos especiales. La guerra de las galaxias no es la mejor película de la historia del cine, es cierto. Ni siquiera es la mejor película de ciencia ficción.

Pero fue la primera. No, no fue la primera película de ciencia ficción, aunque, en cierto modo…

Cuando se estrenó, estaba sola. Sin competencia posible: nunca nadie había hecho nada parecido. A nadie se le había ocurrido (o quizá sí se le había ocurrido, pero no había encontrado quien se lo financiase) crear aquel space opera mayor que la vida misma, lleno de personajes arquetípicos pero bien construídos, repleta de aventura por los cuatro costados, emocionante, divertida, y con los efectos especiales convertidos casi en un personaje más, en uno de los protagonistas, usados de un modo impecable para ayudar a la narración de la historia, a la ambientación de los lugares y situaciones, al ritmo de la película.

Hoy, cuando un joven de doce años va al cine a ver una película de ciencia ficción o de género fantástico, lleva casi desde su nacimiento bombardeado por imáganes de batallas espaciales, duelos a pistola láser, ejércitos que no caben en la pantalla o criaturas imposibles que vuelan por ella.

En aquel lejano 1977, sin embargo, fue como si se nos abrieran los ojos y se nos mostrase algo que no creíamos posible, pero que deseábamos que existiera. Todo lo que vino después, vino a su estela. Como he dicho, esa primera película de La guerra de las galaxías (a la que aún me resulta díficil llamar por su título actual: Star Wars. Episodio IV: Una nueva esperanza) no es ni de lejos la mejor película de ciencia ficción que se haya rodado. Si me apuran, ni siquiera es una de las diez mejores. Pero fue la que abrió el camino para todo lo que vino después. Y poco importa que no fuera tan buena como la nostalgia nos ha hecho creer (los defectos de Lucas como director y guionista ya estaban allí, por más que el espectáculo asombroso que se exhibía ante nuestros ojos nos impidiera verlos), porque su verdadera importancia, al menos para mi generación, fue su carácter pionero, el modo en que nos hizo abrir los ojos a una nueva forma de hacer cine que, desde entonces, ha marcado para siempre a la industria (para bien, dicen unos; para mal, según otros).

Los años fueron pasando. Como he dicho, tres más tarde vino ese Imperio que contraatacaba y donde los personajes habían madurado y se enfrentaban a su destino. Era una película más oscura, más compleja y donde descubríamos que era cierto lo que algunos habían sospechado: ese temible Vader era el padre de Luke y Obi-wan le había mentido.

En 1983, con El retorno del Jedi pareció cerrarse un ciclo. Y no se cerró de un modo satisfactorio: tras el paso adelante que había supuesto El imperio contraataca aquel Episodio VI era un indudable paso atrás, una vuelta a un infantilismo tonto y facilón que a muchos nos hizo sentir incómodos. Pese a todo, ahí queda esa batalla espacial sobre la luna de Endor que, pese a los nuevos tiempos de efectos digitales, aún no ha sido superada en dinamismo, ritmo y espectacularidad. Y, sobre todo, estaba el enfrentamiento final entre Luke y Vader, y la redención de este último.

Intromisión de mi yo actual. La batalla de Endor sí ha sido superada. Aunque no fui consciente de ello en su momento, la escena inicial de La venganza de los Sith es, posiblemente, la más impresionante batalla espacial jamás rodada. Y encima, el cabrón de Lucas, ni siquiera nos la pone en primer plano; es simplemente el fondo contra el que Anakin y Obi-Wan interactúan. ¡Olé tus gónadas, George!

Supongo que en el momento que escribí esto, la nostalgia por la trilogía original me cegaba un poco.

El ciclo se cerraba, pensamos todos. Lucas afirmó que se iba a tomar un descanso y yo fui de los que pensaron que ese descanso iba a ser definitivo. Que los episidos VII, VIII y IX nunca se rodarían y, desde luego, mucho menos el I, II y III.

Nos conformamos como pudimos. Con las novelas (aunque ninguna llegó al nivel de El ojo de la mente, escrita por Alan Dean Foster poco después de la primera película), con los comics, con los juegos de ordenador… Y, por supuesto, con las propias películas, vistas una y otra vez en VHS o en reestrenos en el cine, seguidos por discusiones interminables sobre cuál era la mejor de las tres, qué personaje nos gustaba más, cuál era nuestra escena favorita y, por supuesto, las cuestiones candentes: ¿era de verdad Obi-wan Kenobi el mayor mentiroso de la Galaxia? ¿Realmente Lucas tenía en mente desde el principio que Vader fuera el padre de Luke, o que este y Leía fueran hermanos? Había un cierto consenso sobre la primera pregunta (sí, sin duda Obi-wan mentía más que hablaba), no tanto sobre la segunda (aunque la expresión en el rostro de Alec Guinnes al decirle a Luke aquello de «Darth Vader fue quien traicionó y asesinó a tu padre» era bastante elocuente en una mirada retrospectiva) y menos aún sobre la tercera.

Llegaron los años noventa. Las películas se reestrenaron con nuevos efectos, ahora digitales (algunos, un adecuado complemento que nos mostraban cosas que quisimos ver en su día y Lucas no pudo mostrarnos; otros, un parche mal integrado con el resto) y llegó el anuncio: habría una nueva trilogía. Se iban a filmar los tres primeros episodios.

Íbamos a ver a Anakin Skywalker siendo entrenado por Obi-wan Kenobi. Íbamos a ver las Guerras Clon, por fin. Íbamos a ver el ascenso de Palpatine y la creación del Imperio a partir de la República. Íbamos a ver algo con lo que llevábamos soñando desde 1977 y sobre lo que, muchos, ya habíamos fabricado nuestras propias versiones.

El resultado fue irregular. En parte fue irregular porque muchos fans de toda la vida tenían su propia idea sobre lo que había pasado, y lo que Lucas mostraba en la pantalla no coincidía con lo que nuestra imaginación había fabricado. Pero también fue irregular porque Lucas, obsesionado con ser el autor completo de esta nueva trilogía, no cedió el control creativo (ni de guión ni de dirección) y lo que veinte años atrás eran defectos que el espectáculo no nos dejó ver (y que ahora la nostalgia nos ocultaba) se hicieron visibles y evidentes. Fue irregular porque, en cierto modo, nos dio más y menos de lo que esperábamos.

Nos dio paisajes increíbles, una Galaxia abigarrada, hermosa, en conflicto, mayor que la vida misma. Nos dio Jedis que se movían, actuaban y luchaban como siempre habíamos querido ver. Nos dio batallas, enfrentamientos, secuencias de acción que no nos habíamos atrevido a imaginar. También nos dio una república inoperante, un consejo de los Jedis miope, fanático y burocrático, y un estupendo villano que movía los hilos desde las sombras y manipulaba a todos sin que fueran conscientes de ello. Pero, al mismo tiempo, nos dio malos diálogos y peores interpretaciones, situaciones mal resueltas y secuencias mal rodadas (aunque bien montadas: nadie podrá negarle a Lucas sus méritos en la mesa de edición, su casi genial concepción del montaje y del ritmo de los planos dentro de una secuencia).

No nos dio lo que queríamos. Como he dicho, nos dio más (en ocasiones mucho más) y nos dio menos.

Pero, pese a todo, con todos sus defectos (ah, y algunos tan fáciles de evitar en manos de un director un poco más competente o de un guionista un poco menos incapaz) nos ha dado una película de doce horas en seis episodios que, con altibajos, con buenos y malos momentos, sigue teniendo un lugar especial en nuestro corazón; nos ha dado una Galaxia compleja, abigarrada, bien diseñada, llena de especies alienígenas, de malos torvos y sibilinos, de héroes que quizá no lo sean tanto, de luchas, dolor, amor, pérdidas y redenciones a largo plazo; nos ha dado una historia mítica, plagada de arquetipos universales y llena de resonancias en lo más profundo de nuestro subconsciente. Nos ha dado, pese a todo, un lugar con el que soñar, un universo que visitar y que considerar nuestro (ya lo decía Obi-wan en aquel lejano Episodio IV: «Recuerda, la fuerza te acompañará… siempre»).

Y, por supuesto, nos ha dado tema para hablar durante los próximos veintiocho años.

O más.

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