SIMPATÍA POR EL ÁNGEL CAÍDO

A lo largo de mi obra, me he acercado varias veces a la figura del Diablo, Lucifer, Satanás, el Enemigo, el Ángel Caído, la Serpiente o como cada uno prefiera llamarlo. Podría parecer, a primera vista, que eso resulta paradójico para alguien que se declara ateo y afirma no creer en lo sobrenatural. Aunque espero poder explicar, a lo largo de estas líneas que, en realidad, no lo es.

La primera vez que usé la figura del diablo fue en un relato titulado «¿Engañar a Satán?» que escribí allá por 1980 ó 1981. Recuerdo bastante bien de qué iba, no porque mi memoria sea un prodigio, sino porque el relato fue adaptado al cómic y publicado en el fanzine que otros dos compañeros y yo hacíamos en nuestra adolescencia; fanzine del que aún conservo algún ejemplar.

Era una historia de —cómo no— pactos con el Diablo. El protagonista invocaba al Príncipe de las Tinieblas y le vendía su alma a cambio de… morir. Hastiado de la vida, decía, quería que el Diablo le matase. Éste le preguntaba si estaba seguro: si moría, iría al infierno. El protagonista asentía. El Diablo lo mataba y el protagonista sonreía astutamente y se jactaba de haberlo engañado. ¿Cómo? Muy sencillo. Era masoquista y en el plano terrenal no había encontrado sufrimiento suficiente para colmar sus apetitos. En el infierno, en cambio… En ese momento era el turno del Diablo de sonreír astutamente y decirle que su condena sería recibir placer, pero nunca dolor, por toda la Eternidad.

Es decir, estamos ante el relato de un adolescente que se cree el colmo de la sofisticación y el ingenio. Y que, evidentemente, no lo es. Supongo que es un peaje que casi todos los escritores de fantasía pagamos, tarde o temprano: escribir un cuento de pactos con el Diablo. Todos, sospecho, tenemos en mente la idea de superar el «Tren al infierno» de Robert Bloch. Creo que nadie lo ha hecho (ése sigue siendo el mejor relato de pactos con el Diablo, en mi opinión) y está claro que yo, con aquel «¿Engañar a Satán?», ni siquiera me acerqué. Ni por asomo.

Tuve mejor suerte con «Oye, véndeme tu alma», un cuento que escribí a finales de los ochenta. Aunque no pasa de ser un chiste (todo el relato está orientado al giro de tuerca final) narrativamente aún me funciona y me parece moderadamente ingenioso. Ha sido incluido en mi reciente recopilación de relatos Disfraces parecidos a mi piel, donde ofrezco un repaso, lo más exhaustivo posible, por mi narrativa breve.

En cualquier caso, «Oye, véndeme tu alma» no era estrictamente un relato sobre el Ángel Caído: su figura no aparece durante todo el cuento y simplemente se le menciona.

No creo haber vuelto a usar al Diablo hasta 1993, en mi primera novela holmesiana, La sabiduría de los muertos. Allí veíamos asomar a un enigmático individuo llamado Shamael Adamson que parecía estar entre bastidores durante toda la historia y que intervenía de forma decisiva en el clímax narrativo. En ningún momento se decía explícitamente que fuera el Diablo, pero no hacía falta: las pistas que se daban eran más que evidentes por sí mismas. Era un diablo que había renunciado al infierno y había decidido encarnarse en humano y hacer del mundo su hogar. Este personaje reaparecería en la tercera novela del ciclo (La boca del infierno) y tendría una participación marginal, aunque interesante, en la última, El heredero de Nadie.

Al año siguiente, en una novela corta titulada «Territorio de pesadumbre» que escribí con destino al Premio UPC, volvía a aparecer prácticamente el mismo personaje y con el mismo nombre. Era una historia de ciencia ficción —con bastantes reminiscencias del Dune de Frank Herbert— que arrancaba con un joven peleando a muerte con varias personas que, luego, descubríamos que no eran otra cosa que clones suyos. Junto a él había una figura enigmática que respondía al nombre de Shamael y que, algo más tarde, descubriríamos como un Lucifer que había renunciado al infierno y se había encarnado como humano.

Algunos años más tarde inicié una novela llamada Este incómodo ropaje que acabó convertida en Los sicarios del cielo. El porqué del cambio del título quizá lo explique otro día pero, entretanto, es suficiente con saber que el protagonista de la novela es un antiguo ángel que, durante la rebelión de Lucifer, no tomó partido por bando alguno. En cierto momento, ese personaje acude al reino de pesadumbre de Lucifer (al que ahora llamo Samael) y sostiene con él una larga conversación.

En lo básico, es el mismo Lucifer que había empleado en anteriores novelas, aunque con un par de diferencias. Este Lucifer no ha renunciado a reinar sobre el infierno, por un lado; y, por el otro, no sólo no es hostil a los humanos, sino que es el verdadero responsable de que los humanos seamos humanos y no simples bestias. En cierto momento, de hecho, afirma que a él le debemos el regalo del libre albedrío, la capacidad de distinguir entre el Bien y el Mal y ser capaces optar por uno o por otro.

¿Qué fue lo que hizo que la presencia del Diablo pasara, con el tiempo, de ser un mero cliché a cobrar más importancia en mi narrativa? ¿Qué me hizo reflexionar sobre él, jugar con su concepto básico, buscarle las vueltas y tratar de presentarlo, en cierto modo, como el héroe oculto y a menudo difamado de toda nuestra historia?

Un par de cosas, en realidad.

En primer lugar, la visión que del Ángel Caído daba Neil Gaiman en su Sandman, a su vez, muy relacionada con el concepto de Cielo e Infierno que tenía Enmanuel Swedenborg.

El momento clave, sin embargo, la revelación, en cierto modo, viene de una época en la que me dio por releer la Biblia con cierta atención. Especialmente el Génesis y su relato de la Creación y de la Caída.

Echémosle un vistazo al capítulo 3 del Génesis:

Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios, dijo a la mujer: «¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso?». Y respondió la mujer a la serpiente: «Del fruto de los árboles del paraíso comemos,  pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: “No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir”». Y dijo la serpiente a la mujer: «No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal.»

Si seguimos leyendo, nos daremos cuenta de que la serpiente en ningún momento le miente a Eva. Todo lo que dice sobre el Árbol del Bien y del Mal y las consecuencias de probar su fruto, es cierto. Y, de hecho, el propio Dios corrobora lo dicho por la serpiente con su reacción al enterarse de lo ocurrido:

Díjose Yavé Dios: «He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre». Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado. Expulsó al hombre y puso delante del jardín de Edén un querubín que blandía flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida.

Siempre tuve muy claro, al leer esta historia, que la serpiente no era aquí el villano. Al contrario: nos daba el más preciado de los regalos, aquello que nos hace humanos, la capacidad de distinguir entre el Bien y el Mal. Es Dios quien se comporta de un modo, como poco, cuestionable. Afirma que el hombre se ha convertido en su igual (su igual moral, suponemos) y temeroso de que sea también inmortal, lo expulsa del Edén.

Sí, sé que para un católico estoy haciendo algo que no se puede hacer: interpretar por mí mismo la Biblia, cosa que sólo la jerarquía de la Iglesia está, se supone, capacitada para hacer. De hecho, el cisma protestante surge de ahí, de la idea (aberrante para la Iglesia Católica) de la libre interpretación de la Biblia. Así que, bueno, llamadme cismático, si queréis.

En todo caso, para mí, el papel de la serpiente (y, para la tradición cristiana, la serpiente es un avatar de Lucifer) en los mitos judeo-cristianos es el mismo que el de Prometeo en los mitos griegos: ambos roban algo que es propiedad exclusiva de los dioses y se lo dan a los humanos y son castigados por una divinidad celosa que no está dispuesta a compartir sus dones con los mortales. No son los villanos. Son (o deberían ser) los héroes de la humanidad.

Hablo, por supuesto, en términos de estricta ficción. Al fin y al cabo, soy ateo. Para mí, Prometeo o Lucifer tienen la misma existencia real que puedan tener Superman o Sherlock Holmes: son creaciones de la mente humana. Son, en cierto modo, arquetipos; y, como tales, nos reflejan a nosotros mismos. Hablan de lo que somos, de cómo nos vemos o de cómo tememos vernos.

Y eso es quizá lo que más me fascina de la figura de Lucifer, el arquetipo que representa y su contradicción con lo que, aparentemente, debería representar. Según el mito es, en cierto modo, nuestro creador. Yavé quizá nos construyó a partir del barro primigenio, pero hasta que la serpiente no nos empuja a adquirir la capacidad de discernimiento entre el Bien y el Mal, no somos más que animales; carecemos, hasta ese momento de pensamiento ético. Su papel en el panteón judeo-cristiano, por tanto, debería ser el de una fuerza positiva.

Y en lugar de eso, lo hemos convertido en el Enemigo, en la Oscuridad, en el Mal. Y en cierto modo, lo es. Al menos, desde la perspectiva de una humanidad que es como un adolescente enfurruñado que no puede negar lo que sabe, pero que le gustaría seguir en la ignorancia y no haber sido expulsada del paraíso de la infancia. Porque, una vez que llega el conocimiento, una vez que aprendes a discernir entre el Bien y el Mal y a obrar en consecuencia y, por tanto, a hacerte responsable como un adulto de tus propios actos… en ese momento has sido expulsado del paraíso. Y ya no podrás volver.

¿Es, por tanto, el benefactor, un auténtico benefactor? ¿No preferiríamos seguir en la ignorancia y, seguramente, ser más felices? ¿No estamos, entonces, castigando a Lucifer por haber tenido la osadía de convertirnos en adultos?

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