EL ORIGEN DE TODO. II: DIBUJANDO EL ESCENARIO Y SITUANDO LAS PIEZAS

Dibujo un mapa, por supuesto. Necesito saber dónde está cada cosa. Uso como punto de partida una ilustración que he visto por ahí de Pangea, la modifico a mi gusto y le voy añadiendo detalles.

Decido, por ejemplo, que la ciudad (a la que no tardo en llamar Volkenskap) va ocupar por entero la isla central de un abigarrado archipiélago que sitúo en el extremo oeste del mapa. Decido, además, que las distintas islas van a estar unidas por un sistema de carreteras sobre pilares. Sistema que se extiende (o más bien se extendía) hasta el continente.

En cuanto a este último le doy forma de… Bueno, en cierto modo de Pacman. Decido que donde estaría la boca de este va a haber un amplio mar interior en el que está la isla de donde viene la joven. La llamo Tamashi, aunque luego se transformará en Iratembe.

Me gusta la idea de que las costas del continente que dan al mar interior estén «amuralladas» por una megacordillera que se extienda de norte a sur, sin solución de continuidad.

Una de las primeras versiones del mapa de Duniya. No muy distinta de la final en cuanto a la distribución o la forma de las masas de tierra. Las grafía de los países cambaría con el tiempo, al igual que el nombre de alguno de ellos.

Un día veo un programa de cocina sobre un tipo que se dedica a ir por el mundo probando las especialidades locales, tanto las más populares como las de alta cocina. Uno de los capítulos transcurre en Venecia y me digo que quiero que en la novela aparezca una ciudad similar.

También quiero crear… elfos, en cierto modo. Al menos una versión en ciencia ficción de los elfos, podríamos decir. Así es como nacen los nabatíes, simbiontes entre humanos y plantas y (en una decisión que tomo sobre la marcha, sin plantearme adónde me puede llevar) hermafroditas funcionales.

Esa ciudad estilo Venecia, por otro lado, me parece el sitio ideal para que habiten los nabatíes, así que la incorporo al mapa, en la confluencia entre dos grandes ríos.

Voy creando distintas naciones en el continente, según me parezca adecuado en función de los accidentes geográficos. Intento siempre que tengan una frontera más o menos natural, como un río o una cordillera. Eso me deja con cinco países. Sin saber muy bien por qué me parece buena idea que cuatro de ellos compartan hasta cierto punto cultura, historia y lenguaje. De hecho, decido que todos van a hablar lo que bautizo como qanramí, gentilicio del país al que he llamado Qúnram al principio pero que, para evitar confusiones con nuestro propio mundo, rebautizo como Qánram con el correr del tiempo. Será un idioma que va a estar inspirado, en su sonoridad, en el árabe.

En el quinto país, Yajim, separado del resto por una cordillera, decido que se va a hablar un idioma que fonéticamente recordará al suajili. También decido que es un país aislado del resto del mundo del que no se sabe casi nada.

El mapa recoge lo que en ese momento son las tierras conocidas. Decido bautizarlas como Duniya, usando la palabra en hindi para «mundo». Se supone que el resto del planeta es un inmenso océano, aunque en realidad no se sabe, ya que no ha sido explorado.

* * *

Sigo adelante. Volkenskap y su sociedad van tomando forma poco a poco. Me doy cuenta de que, inconscientemente, he adoptado una decisión narrativa que me parece interesante. Esta primera parte de la novela transcurre en un lugar que, aunque contiene elementos extraños, en general resulta reconocible para el lector. Al fin y al cabo, Volkenskap no es muy distinta de una ciudad actual, ya sea real o ficticia. Me gusta la idea de empezar en un paisaje más o menos familiar y luego ir abriendo el foco y mostrando lugares cada vez más distintos, incluso extraños.

Con eso en mente, sigo escribiendo. No tardo en abandonar el nombre de Alcaudón y decido llamar Hereje a mi justiciero enmascarado. He creado una Iglesia que afirma que la prosperidad en la que viven es compensada por el azote de los monstruos y que tal es la voluntad de Dios. Por tanto, la persona que se enfrente a esa idea y mate monstruos por fuerza tiene que ser un hereje.

Eso me permite, además, crear unas tropas inquisitoriales. Estéticamente no son muy distintas del Juez Dredd, con un casco que les cubre gran parte de la cara, vehículos de dos ruedas a los que acabo llamando «farsehende» y algo que no describo y me limito a calificar de «hombreras de batalla», dejando que la expresión despierte por sí misma ecos en la mente de quien lo lea.

Decido que la persona que gobierna la ciudad (todo el archipiélago, en realidad) tiene tratos con alguien de la isla de la que viene la joven que el Hereje ha encontrado. Así nace toda una subtrama en la que la alcaldesa parece estar a sueldo de una potencia extranjera.

Escribo varias escenas en las que muestro a esos dos personajes hablando y voy haciendo evolucionar su relación, de forma que la alcaldesa cada vez ve con peores ojos su situación de subordinación hacia el tamashil (que luego se transformará en tembelí cuando la isla cambie de nombre) que la controla.

Si leéis La simiente de la Esquirla no encontraréis nada de eso en la novela. Es una subtrama que acabó siendo eliminada con el correr del tiempo. En una de las numerosas revisiones tomé la decisión de prescindir de ella, cuando por fin me convencí de que no aportaba nada a la trama y que enrevesaba los acontecimientos de forma absurda y sin propósito.

Evidentemente, eliminar tal subtrama no fue cuestión de limitarme a sacar ciertas escenas de la novela, que no eran pocas, por otro lado. Había que rediseñar a la alcaldesa y asignarle nuevas motivaciones y, en cierto modo, crear secuencias alternativas que nos mostrasen a la alcaldesa haciendo otras cosas; iba a ser un personaje relativamente importante, así que sus motivaciones debían mostrarse. No fue complicado y me las apañé para no cambiarla mucho en el proceso y, sobre todo, respetar sus interacciones con el resto de personajes que fui creando.

Uno de ellos fue el Primado de la Iglesia. Lo creé única y exclusivamente para generar un conflicto en la ciudad y enfrentar al poder civil con el religioso, algo de lo que el Hereje tal vez podría aprovecharse. En lugar de usar el cliché del fanático entregado a su causa, incapaz de razonar fuera de sus anteojeras ideológicas, decidí crear una persona razonable, cargada de empatía hacia los demás y motivada siempre por las mejores intenciones.

Un santo, en cierto modo.

Lo cual puede generar problemas y conflictos casi tan grandes como los que crearía un fanático cerril… quién sabe si incluso mayores.

A estas alturas ya tengo hilos suficientes de los que tirar y la historia va fluyendo con facilidad. Tengo un escenario, tengo unos personajes y tengo un conflicto. Es simple cuestión de ir haciendo lo que he hecho toda mi vida: seguir hacia adelante.

(CONTINUARÁ)

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