EL ORIGEN DE TODO. V: CUESTIÓN DE GÉNERO

Iba a terminar esta serie sobre la gestación de La simiente de la Esquirla con la entrada anterior, pero luego me di cuenta de que, inadvertidamente, había dejado fuera un elemento que, al menos para mí, es bastante interesante.

Como voy escribiendo estas entradas un poco a salto de mata y no tengo muy claro en qué orden las publicaré, no sé si cuando leáis esto ya os habré hablado de Nabati-Madi y de las personas que la habitan. Así que empecemos por el principio.

Nabati-Madi, que vemos en los últimos capítulos de La simiente de la Esquirla, es una ciudad cuya configuración recuerda bastante a Venecia. Se encuentra en una península formada por la confluencia de dos grandes ríos y está trufada de canales, desde aquellos que se pueden cruzar casi de un salto a otros que son perfectamente navegables por embarcaciones de poco calado. La ciudad ha sido tomada enteramente por la vegetación: los edificios siguen ahí, no se han ido a ningún sitio, pero la hiedra, las distintas plantas trepadoras, el musgo y los líquenes han cubierto la superficie de estos.

No es eso lo que la hace peculiar, sin embargo, sino sus habitantes. Reciben el nombre de nabatíes y, además de estar en simbiosis con diversas especies vegetales (una suerte de musgo cubre su piel y la cabeza está coronada por lo que parece un matojo de hierba) son hermafroditas totalmente funcionales. El qanramí, que es idioma que se habla, no solo en Nabati-Madi, sino en la mayor parte del continente, tiene hasta siete géneros, como podéis ver aquí. En lo que se refiere a aquellos que se usan con seres humanos, los más comunes, aunque no los únicos, son tres: jadul, jidul y jaidul. Los dos primeros corresponden a nuestro femenino y masculino y el tercero, que a veces se traduce de forma aproximada como «masfem» a otros idiomas, es el género con el que se identifican la mayoría de nabatíes. Supongo que habría sido más lógico traducirlo como «femmás» (o, probablemente, mejor «femás») atendiendo al orden en el que ha sido creado a partir de los otros dos géneros, pero me resultaba más eufónico «masfem». Jaidul, en todo caso, ya que casi nadie traduce el término a su propia lengua y todo el mundo usa la palabra qanramí.

Una persona nativa de Nabati-Madi no se identifica con ninguno de los dos géneros «tradicionales». Son su propio género.

Lo cual, por supuesto, me planteó enseguida un problema que, visto el título de esta entrada, ya habréis adivinado.

¿Cómo lo resolví?

Mi primera decisión fue decirme a mí mismo: «Qué narices, en castellano el masculino es el genérico y punto. No hay nada más que discutir.»

Enseguida me quedó claro que había mucho que discutir. No quería que quien leyera la novela viese a mis nabatíes ni como machos ni como hembras y yo mismo estaba cayendo en ese error. Al usar el masculino como genérico, me imaginaba a los nabatíes como hombres de forma automática. Me parecían tíos y tenía que estar haciendo un esfuerzo consciente en todo momento para huir de esa imagen. Y supuse que si yo, que sabía perfectamente que no lo eran, tenía ese problema, muchas de las personas que leyesen la novela también lo tendrían.

Así que había que buscar otra solución.

Lo primero que se me ocurrió fue hacer que el género basculara, fuese fluido, y pasara, a veces en una misma frase, de masculino a femenino y viceversa en función de las percepciones de la persona desde cuyo punto de vista se contemplaba la escena, que normalmente solía ser alguien ajeno a Nabati-Madi.

Si usar el masculino como genérico me causó problemas, no queráis saber todos los que me causó lo de ir pasando de un género al otro a lo largo del texto.

Para empezar estaban los momentos en los que no había más punto de vista que el de un narrador neutro en tercera persona. ¿Cómo justificar en ese caso los cambios?

E incluso cuando el punto de vista era el de un alajuajid («solocarne», así se llama en Nabati-Madi a las personas sin simbionte), ¿por qué veía aquella actitud concreta como masculina y aquella otra como femenina? ¿Por qué ese alzamiento de cejas parecía propio de una mujer, aquel fruncimiento de labios típico de un hombre, ese encogimiento de hombros característico de…? Supongo que lo veis sin necesidad de más ejemplos. Presentar al mismo personaje unas veces como hombre y otras como mujer generaba muchos más problemas de los que resolvía, me temo.

Por tanto… ¿Qué me quedaba?

Había una alternativa obvia. Incluso lógica. Usar el inclusivo en «e» en esos casos. Fue una solución que yo mismo aconsejé a otra persona cuando, en medio de la escritura de una novela, vino a mí con una duda muy similar. El cuerpo le pedía que lo usase, y tenía todo el sentido del mundo en el contexto de la novela y en el mundo que había diseñado. En el fondo quería usarlo, pero no tenía muy clara la recepción del público. A mí me pareció buena idea y se lo dije. No sé hasta qué punto mi opinión influyó en su decisión final (espero que un poco, al menos) pero me alegro de que tomase la que tomó, que fue usarlo.

Más de una vez, de hecho, he comentado en público que me parece buena idea. Es un modo de romper una asimetría bastante chunga que tiene nuestro idioma. Que no es el único que la tiene, ni a lo mejor es el más asimétrico en ese aspecto, pero confieso que los otros idiomas, dado que no los hablo, me preocupan menos que el mío. Llamadlo egoísmo.

En todo caso, por más que me parecía la solución obvia, me costaba mucho decidirme por ella. Aunque no he tenido muchas oportunidades de usar el inclusivo en conversaciones con otras personas, supongo que me las apaño más o menos para utilizarlo y que, a medida que me vaya acostumbrando, lo iré usando con más fluidez y lo acabaré encontrando natural. Pero usarlo literariamente me cuesta muchísimo. Si lo intento, acabo sintiendo ese texto como ajeno, como si no fuera mío, como si no lo hubiese escrito yo.

Curiosamente, cuando lo encuentro en la obra de otras personas, aunque me cuesta unos momentos de reajuste que me sacan brevemente de la historia, con un pequeño esfuerzo puedo seguir adelante sin problemas y al cabo de un rato ya ni le doy importancia.

Supongo que mis problemas se deben en parte a ser de Asturias (la terminación «es» marca el femenino plural en asturiano… igual que en catalán, creo recordar) y en parte a que, reconozcámoslo, estoy mayor, mis esquemas mentales ya no son tan ágiles como cuando era joven y adaptarme a según qué cambios me requiere más esfuerzo que antes. Así que el fallo en todo caso está en mí, en mis capacidades o falta de ellas, no en la idea del género inclusivo en «e».

Pese a todo estaba casi decidido a usarlo. Tenía una idea muy clara de cómo debía ser la percepción de mis personajes nabatíes y era evidente que ni usar el masculino genérico ni bascular de un género al otro me daban lo que estaba buscando. Así que no me quedaba más remedio que anteponer las necesidades creativas a mis prejuicios y usar el inclusivo.

De pronto se me ocurrió una idea que yo mismo encontré descabellada. Al considerarla, me dije que no iba a funcionar y que además iba a ser tan difícil que el esfuerzo no merecería la pena. Al mismo tiempo, pensé que tampoco perdía nada por intentarlo.

Decidí probarla en el primer capítulo de La simiente de la esquirla en el que aparece alguien de Nabati-Madi, el octavo del Libro Segundo, titulado «Amante y poeta». El capítulo arranca con una secuencia de dos o tres páginas en la que Alsher Aljiyad, habitante de Nabati-Madi, se sienta en la azotea de un edificio y, mientras encara el crepúsculo, compone un poema. Cuando lo acaba, descubre un extraño objeto en un canal y se acerca a inspeccionarlo.

La secuencia está narrada en tercera persona desde el punto de vista de Alsher. Era perfecta para iniciar el experimento. Así que me puse manos a la obra y eliminé cualquier marca de género referida a Alsher durante esas tres páginas.

Descubrí con cierta sorpresa que, aunque difícil, era más sencillo de lo que había pensado, gracias a tres características del castellano, dos de las cuales ya conocía.

La primera es que, por suerte, en nuestro idioma podemos prescindir del sujeto la mayor parte de las veces y no solo la frase se entiende sin problemas, sino que suena perfectamente natural.

La segunda son los posesivos, ¡benditos sean!, que no tienen marcas de género. De haber escrito la escena en inglés las habría pasado canutas.

La tercera, que descubrí entonces, fue que el castellano tiene muchos más términos de los que creemos, especialmente adjetivos, carentes de marcas de género. Os asombraría descubrir cuántos. Así que, por ejemplo, no necesito decir que un personaje está contento o contenta si puedo afirmar que está alegre. Ni preocuparme de si es osado u osada cuando me basta con saber que es valiente. Y sigue y sigue y sigue….

Tuvo cierta complejidad. A veces tuve que reformular un poco ciertas frases. Otras, tuve que eliminarlas por completo y recrearlas tratando de expresar lo mismo sin marcas de género. Pero en general me las apañé mejor de lo que creía. Desde un punto de vista estrictamente creativo, fue un proceso muy interesante y estimulante.

No solo eso, el resultado me gustaba. Me convencía. Me sonaba natural. De hecho, tenía la sensación de que el cambio ni se notaba. Para quien leyese la novela, a menos que se fijase deliberadamente, la ausencia de marcas de género le pasaría desapercibida. Y si esa persona le asignaba un género concreto a un personaje nabatí sería porque así lo había decidido ella, no porque yo, como autor, forzase a que se viera de un modo u otro.

Era perfecto. Justo lo que había estado buscando pero no sabía que buscaba.

Así que volví sobre el texto, ahora completo (mis lectores beta, benditos sean, seguramente me odian por estar mandándoles versiones nuevas de la novela casi cada semana) y modifiqué todas las secuencias en las que interviniesen nabatíes. En el primer volumen, La simiente de la esquirla, no es algo que se vaya a ver mucho, ya que solo hay dos capítulos en esa ciudad, pero se apreciará con más claridad en las siguientes entregas.

Que la Divina Incertidumbre que rige los destinos del mundo os sea propicia. ¡Iljá Alyajin!

(¿CONTINUARÁ?)

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