VERSOS

Empecé a escribir poesía en la adolescencia, lo cual sospecho que debe de ser lo menos original que hay en el mundo. Llevaba escribiendo prosa unos dos o tres años, básicamente ciencia ficción, cuando a eso de los quince me dio la ventolera lírica y me puse a escribir poemas como un poseso.

Además del factor inevitable de la adolescencia, supongo que también influyó que por esa época descubrí la poesía española, tanto la del Siglo de Oro como la de la Generación del 27, que siempre han sido mis momentos poéticos favoritos.

Por un lado Garcilaso, Lope y, sobre todo, Quevedo (especialmente sus poemas de amor). Por el otro, las etapas surrealistas de Vicente Aleixandre, Lorca y Alberti y, especialmente, los sonetos de Miguel Hernández, que durante mucho tiempo se convirtió en mi poeta favorito. Vale que Hernández no es realmente de la Generación del 27 sino de la del 36, pero también es verdad que por afinidad estética y personal se sentía más cerca de la generación anterior que de la suya.

Eso no quiere decir que no leyera otra poesía. Empezando por la romántica, por supuesto. Nunca aprecié mucho a Bécquer, que me parecía un niñato egoísta y llorica (supongo que estará en el pedestal de todos los «incels», si es que lo han leído), pero sí a Espronceda (ah, ese Estudiante de Salamanca) y a Rosalía de Castro. Y por supuesto, las coplas de Jorge Manrique, y las cantigas de Alfonso X el Sabio, y los poemas de Fray Luis de León, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Incluso los del bueno de Cervantes, que siempre se defendía diciendo que la poesía era la gracia que no había querido concederle el cielo.

En general me gusta la poesía española de todas las épocas, desde la Edad Media hasta la Guerra Civil, con la excepción de la poesía del siglo XVIII. La Ilustración hizo maravillas en la ensayística española, no lo pongo en duda, pero estuvo a punto de cargarse la narrativa y le faltó poco para enterrar definitivamente a la poesía.

He puesto mi límite en la Guerra Civil no porque encuentre la poesía posterior a esa etapa carente de méritos sino por puro y simple desconocimiento. De la posguerra leí en su día a Blas de Otero, y no mucho.

Y luego dejé de leer poesía. Más o menos casi a la vez que dejé de escribirla. Así que, como lector y como autor, me he quedado estancado en un momento poético bastante anticuado, me temo. Confieso además que la poesía moderna me desconcierta, porque lo que veo en ciertas ocasiones me parecen fragmentos de prosa en los que alguien ha dado al [INTRO] varias veces a lo largo de una frase.

No tengo nada en contra de prescindir del metro y de la rima, al contrario. Pero la renuncia explícita que a veces veo al ritmo de la frase (que para mí siempre ha sido fundamental en poesía) me deja bastante perplejo. Supongo que es culpa mía por haber pasado demasiado tiempo alejado del asunto y no haber seguido su evolución.

Pero volvamos a lo que íbamos. Estaba hablando de que durante la adolescencia empecé a escribir poesía. Como un loco, como un poseso. Varios poemas al día. Algunos muy breves, de cuatro o cinco versos, otros largos, de varias páginas. Muchos de ellos en verso libre o en versículo, otros en rima consonante y arte mayor, sobre todo sonetos, que siempre ha sido mi forma preferida de poesía.

Así, aunque no abandoné la narrativa (por aquella época estaba, de hecho, intentando emular a Tolkien) entre los quince y los diecinueve años, más o menos, me convertí en escritor de poesía de un modo casi compulsivo.

Con la llegada de la veintena decidí abandonarla. Tenía la sensación de que como poeta nunca pasaría de «correcto» (eufemismo para no llamarme «mediocre» con todas las letras), pero que como narrador podía llegar a ser muy bueno, así que decidí dedicar todos mis esfuerzos a la narrativa.

Está por ver eso de si como narrador he llegado a las excelsas cumbres que entonces me planteaba (os daré una pista: no), pero creo que pese a todo sí que tomé la decisión correcta. Al fin y al cabo pienso normalmente en términos de historias, así que era normal que fuese la narrativa lo que más me llamase.

Pese a esa decisión no dejé de escribir poesía, no por completo.

De hecho, volví a ella a rachas.

Lo hice por primera vez a finales de los ochenta y escribí un pequeño poemario llamado Casino. Luego, a lo largo de los noventa y principios de los dos mil, fui componiendo aquí y allá algún soneto que otro o algún poema en verso libre.

Curiosamente, siempre he escrito la poesía a mano, normalmente a lápiz. Lo cual es extraño, porque desde el momento en que tuve mi primer ordenador, no quise volver a escribir a mano, me parecía una tortura. Cuando estoy escribiendo un relato o una novela las palabras fluyen de mi mente a la punta de mis dedos y de estos al teclado de un modo totalmente fluido y orgánico que nunca podría conseguir escribiendo con un bolígrafo o una pluma. Pero por algún motivo, el verso tengo que escribirlo a mano. Cosas que pasan.

Estas rachas poéticas siempre han sido muy breves. Escribo dos o tres poemas y lo dejo casi enseguida. Pero con los años he ido acumulando unos cuantos.

Con lo cual llegamos al propósito de esta entrada, que no es otro que la próxima publicación de Frontera de la piel, que recoge mi poesía completa… al menos aquella que no se ha ido perdiendo en las brumas del tiempo. La mayor parte de los poemas de mi adolescencia ya no existen. Se conservan copias mecanografiadas de algunos, pero si se hubiesen perdido también estos, no sería yo quien lo lamentase. Son parte inevitable del equipaje que uno va acumulando a lo largo de los años, pero en realidad poéticamente no me encontré a mí mismo (mi voz propia, digamos) hasta ese momento a finales de los ochenta que mencionaba antes. Y ahí es donde arranca precisamente Frontera de la piel.

En cierto modo este libro es el hermano de Disfraces parecidos a mi piel, que recoge mi narrativa breve. Lo complementa, podríamos decir.

Ahora podría ponerme estupendo y decir que la repetición de «piel» en ambos títulos es deliberada y que tiene un profundo significado. En realidad, no. Tanto en un caso como en otro, los títulos me parecían apropiados y ya. La repetición de esa piel al final es casual.

Aunque…

No tengo la menor idea del interés que podrá tener este libro para mis lectores habituales… o del que despertará en aquellos que no me conocen. Sospecho que poco en el primer caso y ninguno en el segundo.

Como sea, a lo largo de este mes estará disponible para aquellas personas que deseen echarle un vistazo al Martínez poeta.

Para que tengáis una muestra de lo que os vais a encontrar, os ofrezco un par de poemas que están en el libro. Antes tengo que aclarar que, pese a que en narrativa siempre me he orientado por la ciencia ficción y la fantasía, mi poesía no va por esos derroteros. Se trata de poemas puramente personales, intimistas, podríamos decir, que a menudo usan imágenes cercanas al surrealismo, que es la corriente poética que más me impactó de todas las que descubrí en la adolescencia.

He aquí el primero, un soneto:

PRESENTE

Tras tus ojos se derraman las sorpresas
y en tus dedos hay misterios disfrazados.
En la curva de tu vientre, agazapados,
los secretos se convierten en promesas.

Las palabras en tu boca se arremeten
en caricias impacientes y lejanas
y hay distancias en tu rostro tan cercanas
que en silencio a tus espacios me someten.

Hay momentos en el borde del abismo,
y lugares en que el tiempo no es bastante.
Hay futuros sin entrada ni salida.

Pero, oculto entre tu dulce cataclismo,
me entretengo en dibujarme en tu semblante
y meterme a borbotones en tu vida.

Y el segundo, en verso libre:

ALL ALONG THE WATCHTOWER

Sin embargo
no siempre ves el ojo de la tormenta
y antes o después
la oscuridad gana la partida.
Entonces solo queda
un jinete que se aleja,
el viento que sopla,
un lobo que aúlla.

En la distancia
un tigre desbarata sus últimos maullidos
y el gusano taladra su camino hacia la luz.

Y eso ha sido todo. Avisaré oportunamente cuando el libro esté listo, por supuesto. Y espero que sea del agrado de las escasas personas que lo lean.

Que la Divina Incertidumbre que rige los destinos del mundo os sea propicia. ¡Ilja Alyajin!

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